martes, mayo 20, 2008

Un futuro brillante para los libros.

Era cuestión de tiempo que los libros dieran el salto a la era digital, y abrieran así una nueva era para la distribución de ideas, historias e información.

Ese salto ya se dio, aunque no haya trascendido del todo a la cultura popular, con la creación de lectores electrónicos como el Kindle de Amazon, el Cybook de Bookeen, o el Reader Digital de Sony. Es una tecnología en pañales, pero prometedora que de seguro atraerá pronto a los amantes de la lectura y será para los libros, revistas y periódicos lo que fue el I-Pod para la diseminación de música popular.

En términos generales, estos aparatos son del tamaño y peso de un libro en rústica, pero ofrecen la posibilidad de guardar cientos y miles de libros, que se adquieren de las tiendas de libros electrónicos sin necesidad de conectarse a computadoras ni a internet. Usan una tecnología similar a los teléfonos móviles. Y ofrecen unas pantallas que no son como los monitores de las computadoras típicas, sino que imitan la experiencia del papel: significando esto, por ejemplo, que no proyectan luz y deben leerse en un lugar iluminado como si fueran libros comunes y corrientes.

No entraré en detalles técnicos que desconozco. Para eso están los tecnófilos del mundo. Pero para los que leemos y escribimos esta es una buena noticia. Permitirá que los lectores en serie llevemos toda una biblioteca en el espacio que antes ocupaba un libro y liberará al contenido de la forma para quienes buscan publicación, ofreciendo una manera más barata y ecológica de diseminar los escritos.

¿Quién dijo que los libros habían muerto?

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lunes, febrero 25, 2008

Paracaidismo hacia la nostalgia.

Esta noche no puedo dormir. He caído en el mundo que habité como bebé, como niño y como adolescente, sin ninguna otra defensa ni preparación que el asombro. Buscaba una referencia geográfica y encontré un mapa: una imagen de satélite que me mostraba una calle conocida.

Entonces me pregunté: ¿y si busco uno de esos lugares que me dieron el ser? ¿lo encontraré?

No me costó mucho espiar minutos después sobre la vertiente del Río Yaque, mirando desde algún satélite anónimo las aguas donde alguna vez hice chapuzón y anduve cerca del ahogo. Miraba a Santiago de los Caballeros, mi ciudad natal, desde muy arriba – y de repente descubría que me hacía falta.

Miré desde la órbita del mundo hacia esa avenida que tantas veces recorrí sobre el transporte público y que más de una vez caminé sosteniendo alguna cruz o alguna vela en cualquiera de tantas procesiones de semana santa: y por ella llegué después de todos estos años hasta mi barrio, Los Quemados. Pude descender hasta las cinco o seis calles donde transcurrió mi niñez y ver allí el nuevo techo --ya de concreto y no de hojalata-- de la casa de esquina que alguna vez habité.

¿Cómo podría yo adivinar que la tecnología estaría hoy de parte de la nostalgia?

Vi mi barrio, mi escuela, mi campo de béisbol, mi calle, mi casa... No vi mis amigos, pero vi aquel rincón donde iba algunas tardes a contemplar el horizonte y a mirar el sol que se ponía. Vi la pequeñez del mundo, de mi mundo, y quedé trastocado: como si algo se hubiera quedado allí que ya nunca recuperaré.




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