domingo, abril 22, 2007

Asunto: El corazón de Voltaire.

La cubierta de mi edición de «El corazón de Voltaire» presenta el libro como una “novela negra”, aquel tipo de relato largo en que se sigue la investigación y resolución de un hecho criminal. Esta novela no es eso, sino otro tipo de género vestido de nuevo ropaje que conocemos como la “novela epistolar”. Es decir, una novela contada a través de correspondencia.

En este caso son e-mails.

El libro comienza con correos electrónicos que introducen el conflicto: legitimizar un corazón que guarda la Biblioteca Nacional de Paris como auténtico del escritor y filósofo Voltaire. La tarea se convierte en una asignación especial del gobierno francés, que contrata a un genetista para que pruebe que el órgano del escritor se preserva en Francia.

El efecto que logra el autor Luis López Nieves es similar al que tiene la lectura de un libro que reproduce cartas entre personajes, una técnica más o menos experimental que se usó en varias novelas. Los lectores nos convertimos en “voyeurs” que espiamos a los personajes. Leemos en sus propias voces. Recibimos los detalles a cuentagotas y experimentamos, por tanto, el suspenso.

Pero hay buenas razones por las que estas novelas no son más comunes. Son muy tediosas. Carecen de un hilo narrativo y de una voz a lo largo de toda su extensión. Limitan mucho la prosa al formato epistolar, careciendo por lo general de diálogos y de descripciones que no caben en una carta verosimil. En el caso de estas novelas escritas en e-mails --de las que ya he visto otras en inglés-- añaden la reproducción de los encabezados de los correos electrónicos, con toda esa porquería que en la correspondencia de antaño solamente aparecía, de manera más limitada, en el sobre.

Leer una novela como esta es leer más de doscientas páginas de e-mails.

Es un recurso que distrae demasiado de la trama y los personajes y que puede matar cualquier narración. Los correos electrónicos definitivamente no se hicieron para esta aplicación, sino para mensajes cortos, prácticos y sin recursos literarios. Son un híbrido entre carta y telegrama.

No obstante, en rasgos generales la novela es buena. El tema de López Nieves, un misterio de índole histórica que se desenrolla con cada nuevo dato y pone en cuestión las versiones oficiales, sostiene la narración. La trama se expone con agilidad, a pesar de un par de correos inverosímiles, como uno bastante largo que resume la vida de Voltaire, con fechas, referencias a libros y hasta la explicación de su legado. Un e-mail como ese termina por lo general en el bote de basura electrónica.

La novela es corta en reflexiones, debido tal vez al mismo formato en que se encaja su prosa, pero tiene el dinamismo detectivesco que probablemente dio origen a su clasificación como novela negra. En este caso no hay crimen, no hay detective ni hay personajes que trasciendan el monitor.

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viernes, enero 26, 2007

El temor a los ángeles.

“Ángel de mi guarda, mi dulce compañía
no me desampares ni de noche ni de día”.

Oración católica.


Hay libros a los que uno se acerca con sus dudas, como si mordieran.

Yo le temí a «Dulce compañía», una novela de la autora Laura Restrepo. Y le temí por dos razones que tal vez parezcan descabelladas a los lectores más expertos. Primero, porque leí «Delirio», otro libro de la misma autora colombiana que me causó un dolor de cabeza por sus dificultades narrativas. Detesto esos libros que son difíciles a propósito. La segunda razón, y esta es la más risible, fue que tuve la impresión de que este otro libro sería lo contrario: demasiado fácil.

No me gustan los extremos en estos sentidos. Los escritos muy difíciles me parecen arrogantes, aunque muchas veces me ha sorprendido Jorge Luis Borges al demostrarme que la dificultad que yo esperaba en alguno de sus cuentos era imaginaria, como su narración. Los escritos muy fáciles me parecen perezosos: ese tipo de páginas que se disuelven en el aire una vez leídas y no dicen absolutamente nada que se quede con nosotros. Me gustan los libros medios, pero no mediocres, que me reten sin ser aburridos. Que se dejen leer, pero que me obliguen a confrontar los temas que proponen.

Así me acerqué a «Dulce compañía», marcado por las dudas. Y, hasta cierto punto, tenía razón: El libro es fácil, pero no simple.

Me adentré en su trama con ganas de criticarlo y terminé disfrutándolo.

Para comenzar, la novela trata de un tema que no me llamaba mucho la atención: los ángeles.

No hablo de la ciudad, sino de esos seres alados y vaporosos que son algo así como esclavos celestes. Van de un lado a otro llevando mensajes y cumpliendo encargos. Forman parte de una mitología que llega a su máxima expresión en las tierras del Caribe, donde las estatuillas y pinturas que los representan ocupan altares y sufren la indignidad de castigos si no conceden los deseos humanos. Son también seres temibles, porque algunos nos acompañan y espían siempre, nos exceden en poderes, y, uno en particular, cumplirá el cometido de cortarnos ese hilo de plata que nos une a la vida.

Además están los ángeles caídos, esos desgraciados que se parecen mucho a nosotros y usan su potestad en una especie de rebelión terrorista contra la divinidad.

En la novela, una reportera para una revista de frivolidades (¿quién más?) recibe la asignación de encontrar a un jodido ángel que, de todos los lugares del mundo a los que pudo descender, aparentemente escogió una barriada pobre de Colombia. No es un tema extraño al mapa fantástico de ese país. Está el cuento del ultraescritor colombiano Gabriel García Márquez, «Un señor muy viejo con unas alas enormes», sobre un anciano querubín que aterriza despistado en una villa de pescadores. (Recomiendo la película, por cierto, dirigida por el mismo García Márquez).

Pero pronto me doy cuenta, casi desde el principio de la novela, que no es una copia barata ni una trama perezosa para fascinar creyentes. Es la confrontación de dos mundos: el de la periodista escéptica y aquel otro que admite la posibilidad de lo sobrenatural. Es una confrontación entre la cordura y la locura, y a veces no se sabe cuál de las dos es cuál. Es un bosquejo de la identidad colombiana.

Lo mejor es que no pretende convencernos de nada.

Esta corta novela humaniza al ángel y mitifica al ser humano, tal vez por ir en sentido contrario de la creencia oficial. Porque como la narradora, que suena autobiográfica, dice: “Para creer en el ángel la Iglesia tuvo que quitarle los afectos, la carne y los huesos, y convertirlo en una fábula sosa producida por su propia invención¨.

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