domingo, abril 27, 2008

La realidad virtual.

Uno de los mayores logros de la literatura es que nos pone en el pellejo de otros. Nos hace vivir de manera virtual --esta palabrita que hace años está de moda, aunque su aplicación existe desde los orígenes de la narrativa moderna-- la experiencia común de otro ser humano: sea hombre, mujer, loco, idealista, héroe, villano, apasionado, ambicioso, sufrido, mártir, cobarde o redentor.

Este es uno de los ángulos más interesantes de la narrativa, particularmente del cuento y de la novela que son primo-hermanos. Se puede descubrir a través de su experiencia aquello que tal vez nunca contemplamos, quedando nosotros, en el mejor de los casos, con una comprensión más elástica del mundo.

Esta, me parece a mi, es una experiencia que, aunque no sea vivencia, vale la pena.

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viernes, enero 26, 2007

El temor a los ángeles.

“Ángel de mi guarda, mi dulce compañía
no me desampares ni de noche ni de día”.

Oración católica.


Hay libros a los que uno se acerca con sus dudas, como si mordieran.

Yo le temí a «Dulce compañía», una novela de la autora Laura Restrepo. Y le temí por dos razones que tal vez parezcan descabelladas a los lectores más expertos. Primero, porque leí «Delirio», otro libro de la misma autora colombiana que me causó un dolor de cabeza por sus dificultades narrativas. Detesto esos libros que son difíciles a propósito. La segunda razón, y esta es la más risible, fue que tuve la impresión de que este otro libro sería lo contrario: demasiado fácil.

No me gustan los extremos en estos sentidos. Los escritos muy difíciles me parecen arrogantes, aunque muchas veces me ha sorprendido Jorge Luis Borges al demostrarme que la dificultad que yo esperaba en alguno de sus cuentos era imaginaria, como su narración. Los escritos muy fáciles me parecen perezosos: ese tipo de páginas que se disuelven en el aire una vez leídas y no dicen absolutamente nada que se quede con nosotros. Me gustan los libros medios, pero no mediocres, que me reten sin ser aburridos. Que se dejen leer, pero que me obliguen a confrontar los temas que proponen.

Así me acerqué a «Dulce compañía», marcado por las dudas. Y, hasta cierto punto, tenía razón: El libro es fácil, pero no simple.

Me adentré en su trama con ganas de criticarlo y terminé disfrutándolo.

Para comenzar, la novela trata de un tema que no me llamaba mucho la atención: los ángeles.

No hablo de la ciudad, sino de esos seres alados y vaporosos que son algo así como esclavos celestes. Van de un lado a otro llevando mensajes y cumpliendo encargos. Forman parte de una mitología que llega a su máxima expresión en las tierras del Caribe, donde las estatuillas y pinturas que los representan ocupan altares y sufren la indignidad de castigos si no conceden los deseos humanos. Son también seres temibles, porque algunos nos acompañan y espían siempre, nos exceden en poderes, y, uno en particular, cumplirá el cometido de cortarnos ese hilo de plata que nos une a la vida.

Además están los ángeles caídos, esos desgraciados que se parecen mucho a nosotros y usan su potestad en una especie de rebelión terrorista contra la divinidad.

En la novela, una reportera para una revista de frivolidades (¿quién más?) recibe la asignación de encontrar a un jodido ángel que, de todos los lugares del mundo a los que pudo descender, aparentemente escogió una barriada pobre de Colombia. No es un tema extraño al mapa fantástico de ese país. Está el cuento del ultraescritor colombiano Gabriel García Márquez, «Un señor muy viejo con unas alas enormes», sobre un anciano querubín que aterriza despistado en una villa de pescadores. (Recomiendo la película, por cierto, dirigida por el mismo García Márquez).

Pero pronto me doy cuenta, casi desde el principio de la novela, que no es una copia barata ni una trama perezosa para fascinar creyentes. Es la confrontación de dos mundos: el de la periodista escéptica y aquel otro que admite la posibilidad de lo sobrenatural. Es una confrontación entre la cordura y la locura, y a veces no se sabe cuál de las dos es cuál. Es un bosquejo de la identidad colombiana.

Lo mejor es que no pretende convencernos de nada.

Esta corta novela humaniza al ángel y mitifica al ser humano, tal vez por ir en sentido contrario de la creencia oficial. Porque como la narradora, que suena autobiográfica, dice: “Para creer en el ángel la Iglesia tuvo que quitarle los afectos, la carne y los huesos, y convertirlo en una fábula sosa producida por su propia invención¨.

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sábado, marzo 26, 2005

El don Quijote de todos.

“Cuántas veces don Quijote,
por esa misma llanura,
en horas de desaliento
así te miró pasar.

Y cuántas veces te gritó
‘Hazme un sitio en tu montura
y llévame a tu lugar,
que yo también
voy cargado de amargura
y no puedo batallar'”.

Joan Manuel Serrat, «Vencidos».



En vista de que hacen cuatro siglos que se publicó «Don Quijote de la Mancha», me cuento entre aquellos que regresaron este mes a sus estantes de libros y desempolvaron sus ediciones de esta obra cumbre en que se cuentan las hazañas del ingenioso hidalgo.

Por todas partes de la Hispania, que así le llamaré a la tierra literaria que conocemos desde la Tierra del Fuego hasta los barrios hispanos de Nueva York, se celebran reuniones, lecturas, presentaciones y congresos que hacen ecos a las celebraciones en España.

Entre todos estos actos, incluyendo aquellos de elevados vuelos académicos, el más honesto, y a la vez el más revelador, es la lectura de la obra, ya sea por primera o sucesiva vez. Solamente así se descubre qué es lo que puede tener un relato que obviamente recorre los senderos de la ficción para que no solamente sobreviva a su autor, sino a los siglos, y así se convierta en un arquetipo de la experiencia humana.

La gran novela española sobrevive, ya en todos los idiomas que tienen literatura, desde mil seiscientos cinco hasta dos mil cinco. Es porque Miguel de Cervantes Saavedra se conectó en aquella cárcel de Sevilla donde escribió con por lo menos un gran aspecto fundamental de nuestra condición. Todos somos Quijotes en alguna parte de sí mismos, o queremos serlos, emprender el trote hacia aventuras que a la vez concuerden con un profundo sentido de la ética y la caridad humanas. Todos conocemos algún Sancho Panza, si no es que lo somos: hombres de pensamiento común que muchas veces, sin darse cuenta, tocan profundidades espirituales. Y existe, aún en estos tiempos de “empates” por chat rooms, acuerdos prenupciales, profilácticos y servicios de éscorts, el romance idealizado que a veces es caricatura de sí mismo, pero que también encierra el anhelo primordial que tenemos de amar y ser amados.

Todo eso y más es el Quijote, y por eso la obra no morirá mientras exista una literatura.

Pero hay algo más, que trasciende en mi caso a aquella primera lectura en la que anduve rodando por el piso de mi cuarto, muerto de la risa, porque me burlaba encarnizadamente de tan ingenuo y destartalado héroe. En esos primeros capítulos leí al Quijote como quien ve al Chapulín Colorado, otro gran personaje de la Hispania aunque en otro medio, sin darme cuenta de que entre risa y risa se colaban otras observaciones de mayor envergadura.

Y no sé si fue en alguna clase de literatura, o tal vez en alguna conversación con uno de mis profesores favoritos, que alguien dijo que en el Quijote cada cual lee lo que quiere leer y que esa cualidad le hacía una obra universal. Servía de espejo a las flaquezas y fortalezas humanas, como cuando el Quijote se enfrenta al caballero cuyo traje está hecho de espejos.

Es cierto. El Quijote no es solamente un soñador idealista, sino una entidad misma de ese mundo de las ideas que tanto le interesaba a Platón. En él se cristaliza una variedad de percepciones humanas, que dicen más del lector que del personaje. Esa ha de ser una gran aspiración de la buena literatura, servir de espejo, para que quien la lea se mire y se reconozca en ella a través de las situaciones y los personajes: algo así como un intricado juego de visualización en el que terminamos por ver algo de sí mismos.

De esa manera, lo que leí en mi primera experiencia del Quijote no es lo mismo que leí la segunda vez, ni lo mismo que leo ahora que emprendo una tercera lectura -- o tal vez una tercera salida como las del hidalgo caballero sobre su enflaquecido Rocinante.

He oido variadas interpretaciones, como éstas, derivadas de mis conversaciones respecto a la novela. Una profesora me dio la interpretación oficial de que era una burla del genero novelístico de caballerías. Alguien lo leyó como un tratado de la más profunda astrología y simbolismo esotéricos. Otra persona me decía que contenía joyas de conducta moral. Otros la ven como un simple reflejo de la España de la época. Alguien hasta vio en los caballeros señas de fraternidad masculina, sino de homoerotismo. Alguien más descubrió una renovación del viacrucis cristiano. Una mujer me decía que lo leyó como una crítica de la mentalidad enflaquecida de los hombres. Otros me decían que era un tratado revolucionario, que se oponía al establecimiento mediocre y burgués de la época. Otra persona me decía que parecía un análisis de la locura y, particularmente, de la esquizofrenia. Yo, francamente, en mi segunda lectura vi una novela iniciática que retrataba las luchas en el camino hacia la perfección espiritual. Pero, ahora, además de ver todas estas cosas que acabo de mencionar, descubro una novela que estudia y expone el mismo valor de la literatura, y por extensión del arte.

Se versifica, se pinta, se canta, se narra, para que el ser humano vislumbre algo del misterio de su propia vida.

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