domingo, octubre 07, 2007

Caminar es un placer.

Poner un pie delante del otro, impulsarse con facilidad, inhalar y exhalar, rastrearlo todo. Moverse sin dejar un rastro de contaminación, y darse cuenta de que es mejor andar sobre las plantas que sobre unas ruedas de caucho.

Caminar es un placer. Y es bueno: saludable, energizante, relajante. Es una manera de relacionarnos con el mundo: ver el pasto húmedo con el rocío de la noche, oler la brisa fresca de una mañana, dejar que el sol estimule los poros. Caminar es un placer.

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lunes, julio 09, 2007

Salvar el planeta, sin inconveniencias.

Llámenme pesimista, pero con cambiar dos o tres bombillas no transformaremos el mundo.

Está de moda el ambientalismo, tras el éxito del documental «Una verdad inconveniente» sobre el calentamiento global. El televidente promedio tiene una idea de qué es el cambio climático.

Pero las soluciones que se proponen son risibles.

Se habla de cambiar a bombillas eficientes, instalar luces solares y reducir un poco el consumo. ¿Pero qué es la energía de una bombilla en comparación a millones de acondicionadores de aire, refrigeradores, televisores, computadoras, rasuradoras, tostadoras, estufas, lavadoras, secadoras y hasta camas con funciones eléctricas? ¿Qué de todos esos vehículos que son el equivalente de zancudos chupadores de petróleo? ¿Qué de todo este mundo de consumo y desecho?

El famoso concierto global por el medio ambiente se presentó el día siete del mes siete del año siete como un llamado a la concientización. En los siete minutos que aguanté verlo, Enrique Iglesias mugía ante un micrófono. ¿Y, díganme, qué de todas esas luces de tramoya? ¿Qué de todos esos amplificadores? ¿Qué de todos esos vehículos que consumieron gasolina para llevar gente a los estadios? ¿Qué de los televisores, los satélites, las estaciones, que contaminaron el medio ambiente para llevar esas canciones al aire?

Muy buena distracción, pero el cambio exigiría mayores sacrificios.

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domingo, abril 03, 2005

Las aves de rapiña y la felicidad.

Salí con mi esposa y niños a aprovechar el sol de la primavera floridana. Anduvimos por un refugio de aves de rapiña, donde se recoge a los buhos, águilas, pavos y otros animales similares que sufrieron algún trauma físico o enfermedad. Se les atiende. A algunos se les opera. Los cuidan, y a aquellos que se recuperan los colocan con aves que le sirven de parientes adoptivos antes de reintegrarlos a la naturaleza salvaje.

Sobre los edificios de esta ciudad en que vivimos todavía vuelan águilas, cóndores, buitres y otras aves similares -- que descienden de sorpresa y pescan en los muchos lagos del área.

Hoy vimos esas aves muy de cerca, con sus plumajes brillosos, y conversamos con los cuidadores de aquel refugio. Los niños y yo disfrutamos del cosquilleo en las manos de un puñado de gusanos que constituyen el alimento de algunas de estas aves. Me impresionaron mucho un condor tuerto; un águila de cuello blanco que está loca por daños irreversibles al sistema nervioso; y un buho que cree que es humano -- porque lo primero que vio al nacer fue a un ser humano y se le quedó esa impronta. (Creo que estaba enamorado de mi esposa).

De alguna manera sentí que aquellos cuidadores -- guardianes que sanan y protegen a estos animales emplumados, sin importarles que esos mismos animales estén dispuestos a darles algún picotazo a las mismas manos que los alimentan -- desempeñan la misión instintiva que nos corresponde a todos los seres humanos: proteger la naturaleza salvaje.

Es decir, ser compasivos. Ser guardianes de la vida.

Por estos días he tenido un asunto en mi interior, como si fuera un objeto que cae en un pozo y desciende lentamente hasta el mismo fondo. Les hablo de la felicidad. O de lo que entendemos por felicidad -- la felicidad posible.

Y me encuentro ante el reto de saber cómo es el mundo, de saber que hay sufrimiento por todas partes, que hay agresividad en la naturaleza silvestre y en nosotros mismos, y de absorber ese saber sin que me envenene.

Me aclaró algunas cosas ese momento de esta tarde en que los cuidadores se aseguraban bien de cómo sostenían a las águilas o a los cóndores para evitar el picotazo, que desde el punto de vista racional podría considerarse un acto ingrato. Mas esos cuidadores no pensaban así. Su compasión hacia esas aves de rapiña surgía de una comprensión más profunda que lo simplemente racional.

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