lunes, mayo 12, 2008

Flores amarillas.


En memoria
de Hécsa Costa.



Recuerdo sus ojos claros, pero no sé si azules, verdes o amarillos. Me decía que escribiera cuando yo no sabía que escribiría. Acepté que si algún día lo hacía la buscaría para compartir lo escrito.

Era mi primer profesora universitaria en aquella clase de humanidades. Es posible que yo, también, haya sido su primer estudiante, aunque éramos más de una docena. Nos contaba de la clarividencia del escritor: aquella facultad de hilvanar historias con algún germen de verdad.

Llegué por los pasillos que antes recorrí, pero no estaba. Había dejado las aulas. Recordé el final de clase en su apartamento. Allí estábamos todos, aquel grupo de inmigrantes disparejos que acababan de completar su primer semestre. El examen consistía en una discusión sobre los personajes de «Cien años de soledad» -- texto de la clase junto a «La vida es sueño» y «La metamorfosis».

A varios nos asignó personajes. Me tocó José Arcadio Buendía --ese loco idealista del Macondo primeval-- y estuve hasta la víspera marcando párrafos en amarillo y rosado.

Abro el libro en cualquier página y ahí están las marcas todavía, como este párrafo, sin duda de los que me parecieron más importantes:

“Entonces entraron al cuarto de José Arcadio Buendía, lo sacudieron con todas sus fuerzas, le gritaron al oído, le pusieron un espejo frente a las fosas nasales, pero no pudieron despertarlo. Poco después, cuando el carpintero le tomaba las medidas para el ataúd, vieron a través de la ventana que estaba cayendo una llovizna de minúsculas flores amarillas...”.


Yo estaba nervioso. Se me dificultaba describir a José Arcadio Buendía tanto como si se tratara de mí mismo. Discutimos el libro: hablamos de Úrsula, del Coronel Aureliano, de Pilar Ternera, pero nunca me pidió que expusiera mi parte. Solamente años después, cuando no la encontraba en ningún sitio, comprendí que esa asignación no era para la clase. Era solamente para mi.

Obtuve algunos datos: calles, números de edificios y de apartamentos, teléfonos. Llamé y estaban desconectados, o eran incorrectos. Salí una tarde de sábado, con mi borrador de novela bajo el brazo, y la busqué. Anduve horas por los barrios del Bronx, siguiéndole el rastro. En la mayoría de los apartamentos no respondieron. En una de sus viejas direcciones había un taller de mecánica. Ninguna de esas direcciones era actual.

Hace años de eso.

Esta semana la encontré en el archivo de clasificados de un periódico:

HECSA COSTA SANTIAGO, natural de Humacao y residente en Bayamón, falleció el 9 de noviembre de 2007, en Bayamón. Sepelio pendiente, en el cementerio Los Ángeles Memorial, en Guaynabo.

No queda nada que hacer. Vuelvo al resto de aquel párrafo que marqué para su clase, y esta vez lo leo para ella:

“...Cayeron toda la noche sobre el pueblo en una tormenta silenciosa, y cubrieron los techos y atascaron las puertas, y sofocaron a los animales que durmieron a la intemperie. Tantas flores cayeron del cielo, que las calles amanecieron tapizadas de una colcha compacta, y tuvieron que despejarlas con palas y rastrillos para que pudiera pasar el entierro”.

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domingo, abril 27, 2008

La realidad virtual.

Uno de los mayores logros de la literatura es que nos pone en el pellejo de otros. Nos hace vivir de manera virtual --esta palabrita que hace años está de moda, aunque su aplicación existe desde los orígenes de la narrativa moderna-- la experiencia común de otro ser humano: sea hombre, mujer, loco, idealista, héroe, villano, apasionado, ambicioso, sufrido, mártir, cobarde o redentor.

Este es uno de los ángulos más interesantes de la narrativa, particularmente del cuento y de la novela que son primo-hermanos. Se puede descubrir a través de su experiencia aquello que tal vez nunca contemplamos, quedando nosotros, en el mejor de los casos, con una comprensión más elástica del mundo.

Esta, me parece a mi, es una experiencia que, aunque no sea vivencia, vale la pena.

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domingo, febrero 03, 2008

De los escritores dominicanos fuera de República Dominicana.

La escritura es un trabajo solitario, ya se sabe, aunque nada de lo que redacta el escritor se deriva de un proceso aislado. La vida, esa sucesión de causas y efectos en la que podemos ser efecto y causa, está presente en cada verbo, adjetivo y sustantivo, aunque se manifieste como una versión destilada por la imaginación. Es por eso que tanto los escritores que comparten una época como los que comparten condiciones de vida concuerdan en inquietudes y temas y llegan a conformar movimientos.

Es difícil, sin embargo, captar esa unicidad desde la intimidad del escritor y su página en blanco.

Le queda a los expertos identificar trazos comunes.

Una manera de hacerlo es en el estudio de la condición geográfica y cultural que llamamos nacionalidad. Las literaturas nacionales comparten sus temas, sus voces y sus tendencias, tomando como base la experiencia común que se da entre los cercos de una frontera. ¿Pero qué pasa cuando la nacionalidad no es algo tan definido, cuando es un punto de referencia que se esparce y se redefine como otra cosa que no es la afiliación obligada a un punto geográfico? ¿Qué sucede cuando la nacionalidad es el destierro? ¿Queda un hilo conectivo entre las voces?

Parece que sí, sobre todo si consideramos que mucha de la literatura “latinoamericana” se escribe fuera de América Latina. ¿Qué tan “latinoamericana” realmente es?

Rubén Sánchez Féliz, un joven narrador radicado en Nueva York, se propuso esta cuestión en lo que se refiere a lo dominicano: este destierro que no es del todo exilio político, que se tiende a llamar diáspora, pero que conlleva una pérdida de la patria material y la adopción por necesidad de identidades más complejas (o nebulosas). En estos casos, el destierro suele convertirse en la nueva identidad: un extranjerismo permanente.

Sánchez Féliz acaba de sacar a la luz su antología de narradores dominicanos: «Viajeros del rocío: 25 narradores dominicanos de la diáspora» y me atrevo a anticiparla aquí, aunque no la haya leído todavía, porque el autor tuvo a bien incluir en ella uno de mis cuentos: el más humilde y tal vez el más espontáneo de todos, sin que esto sea declaración de alguna falsa modestia.

Allí también hay escritos de Julia Álvarez, Junot Díaz, Franklin Gutierrez y René Rodríguez Soriano, entre otros narradores cuya trayectoria en unos casos y fama literaria en otros alcanza otros cielos por los que no he alcanzado a volar. Se habla de que esta antología reúne “los 25 escritores más representativos de la narrativa quisqueyana --o dominicana-- en la diáspora”.


Estos cuentistas responden a una necesidad interior y forjan, a través de sus textos, una relación con el país dejado atrás. Desde tierras extrañas, cada uno con su estilo, edifican sus "casas" mediante el ejercicio de la escritura. Aquí, la palabra escrita pasa a ser el hogar imaginario y, paradójicamente, real del escritor, se lee en la contraportada.


Resulta interesante vislumbrar que aquella vez que me senté a escribir, sin saber del todo qué me proponía, ello formara parte de alguna invisible relación que todavía no alcanzamos a comprender.

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domingo, enero 06, 2008

Algunas razones para leer.

Quien piense que la palabra escrita no afecta su vida debería familiarizarse con escritos como la constitución de su país; los evangelios cristianos; los preceptos del Corán; el manifiesto comunista; o las teorías sobre “la mano invisible” del mercado que dieron fundamento a estructuras capitalistas.

Sin esos escritos, y muchos otros, las sociedades que habitamos no existirían como tales. Eso es así para bien o para mal. ¿Qué es el dinero sino papeletas y metales con inscripciones? ¿Qué son las leyes? ¿De dónde surgen los movimientos políticos?

La palabra escrita importa. Afecta cómo vivimos día a día.

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domingo, diciembre 02, 2007

El grito desgarrado de Reinaldo Arenas.

La carátula de esta edición de «Antes que anochezca» presenta una fotografía de un Reinaldo Arenas viril y despeinado que divisa a lo lejos con intensidad, sin fingir una sonrisa. Es un hombre de mirada trágica, pero altanera. Le delata el pelo revuelto y la verruga anarquista detrás de la oreja.

No he leído memorias como estas – y, de seguro, no las hubiera leído en otros tiempos, o de saber siquiera las minuciosidades de lascivia y tragedia a las que me iba a llevar este escritor. Es una obra rabiosa. Pero también es una obra orgiástica, incómoda para los que somos del sexo convencional. Es una declaración de la más abierta homosexualidad, pero no es sólo eso. Es también un testamento de dignidad a pesar de todas las indignidades.

Es un libro que no complace a muchos bandos. Ofende a la derecha por su promiscuidad, un reto declarado a los guardianes de cualquier moral. Ofende a la izquierda por su condena del caudillismo de Fidel Castro y la crueldad de su comunismo. Ofende a los capitalistas por la crítica de su grosera afición al dinero. Ofende al exilio cubano en “El Mierdal” de Miami por lo que expresa como la brutalidad de su resentimiento, aunque este fuere justificado. Ofende a los ideólogos, a los escritores y a los intelectuales que justifican la maldad. Ofende a la vida misma, por la manera en que el autor desea, al fin, el abrazo de la muerte.

Es una autobiografía --hecha película en «Before Night Falls», merecedora de quince nominaciones y once Óscares hace ya unos años por el director Julian Schnabel, el escritor Cunningham O'Keefe y el actor Javier Bardem-- a veces muy detallada en las particularidades de un círculo vicioso. Es pedestre en el afán de relatar la sucesión de los hechos en una Cuba infernal. Pero se eleva, sobretodo por la honestidad de su expresión, en pasajes poderosos como cuando Arenas habla del inevitable deseo de denuncia que perjudicaría su carrera por los encasillamientos políticos:

“...cómo podía yo después de veinte años de represión callarme aquellos crímenes... Nunca me he considerado un ser ni de izquierda ni de derecha, ni quiero que se me catalogue bajo ninguna etiqueta oportunista y política; yo digo mi verdad, lo mismo que un judío que haya sufrido el racismo o un ruso que haya estado en un gulag, o cualquier otro ser humano que haya tenido ojos para ver las cosas tal como son; grito, luego existo”.


Leer las memorias de Arenas es exponerse a ese grito, aunque duela.

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domingo, noviembre 18, 2007

El final de una historia.

Estoy pensando en el final. Ese momento en que un artículo, un cuento, una película o una novela llegan al signo de puntuación más simple y radical de todos. Se acaba el relato y sabemos cuál será el destino de los sujetos o personajes.

Un final puede arruinar una historia y dejarnos con la convicción de que perdimos el tiempo. O puede ser la remuneración que se nos da por seguir el hilo de una narración. ¿Cuáles son los elementos de un buen final? ¿Cuáles son las historias que resuenan en nosotros más allá de la última palabra? ¿Qué hace que otras desaparezcan en el desencanto?

No es solamente el final. Hay mucho más que eso en un relato exitoso. Pero esas últimas palabras acentúan el valor de una historia cuando son las correctas, como estas que constituyen mi final favorito en el relato de la muerte del «Pedro Páramo» de Juan Rulfo: "Se apoyó en los brazos de Damiana Cisneros e hizo intento de caminar. Después de unos cuantos pasos cayó, suplicando por dentro; pero sin decir una sola palabra. Dio un golpe seco contra la tierra y se fue desmoronando como si fuera un montón de piedras".

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viernes, noviembre 16, 2007

McDonald's descubre a Macondo.

La exageración maravillosa del realismo mágico podrá ser cosa del pasado --esplendoroso, pero aun pasado-- en la literatura hispana, pero en Estados Unidos es la sensación. Ello se debe a una extraña intersección entre la cultura popular y la literatura. Y a un autor: Gabriel García Márquez.

El famoso escritor colombiano está de moda.

Su novela «El amor en los tiempos del cólera» encabeza la lista de los más vendidos, tanto en español como en inglés. Su «Cien años de soledad» es de los libros favoritos de los hispanos en Estados Unidos. Y su más reciente «Memorias de mis putas tristes» no se queda atrás.

¿Por qué esta fascinación que llega con veinte a treinta años de atraso? Es muy sencillo: Oprah descubrió hace poco la prosa lírica de García Márquez. Y libro que la reina del talk show bendice es libro que se consagra en el mercado estadounidense.

Hollywood también ayuda, con el traslado al cine de «El amor en los tiempos del cólera».

Es buena noticia para los que apreciamos la literatura en español, pero a la vez es un signo de la falta de reconocimiento de esta en el mundo anglosajón. Es una oportunidad para abrir puertas y ventanas -- y que así como fluyen influencias de norte a sur, haya una retroalimentación que nos enriquezca a todos.

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jueves, octubre 18, 2007

Jugar Pokémon con las palabras.

Hará algunos diez años que la palabra Pokémon entró a mi vocabulario, y todavía no sé lo que significa. Mi trabajo consistía en investigar y escribir sobre las escuelas y la educación. Estaba en contacto con administradores de distritos escolares, maestros, padres y, de vez en vez, los mismos estudiantes en torno a quienes giraba el sistema.

Una de mis fuentes me habló de Pokémon.

Era un nuevo juego de origen japonés, toda una sensación entre los niños de primaria e intermedia cautivados por el mundo de ánime: unos dibujos animados y etéreos que parecen habitar un plano paralelo al nuestro.

El Pokémon, según lo entendí entonces, consistía de una serie de tarjetas, similares a las que contienen las fotos y estadísticas de jugadores de béisbol. Pero estas cartas, me explicaron, eran la clave hacia un mundo de fantasía. Eran algo así como las fichas de identificación de seres imaginarios. Ahora ese mundo se extiende a videojuegos, dibujos animados, peluches, y cualquier otra cosa que se pueda vender.

Particularmente recuerdo al Pikachú -- un ratoncito gracioso y sonriente que vive en las selvas, los planos y, con frecuencia, cerca de las plantas de generación eléctrica de muchos lugares del mundo. Según el saber del Pokémon, un grupo de estos animalitos sobrenaturales puede generar una tormenta eléctrica.

Archivé el asunto en la memoria, aunque más de una vez consideré escribir sobre el fenómeno cultural. Algunas escuelas prohibían las tarjetas porque distraían demasiado a los niños y porque el intercambio de estas causaba conflictos típicos de una manada de mercaderes.

El Pokémon sigue vivo y constituye una franquicia multibillonaria de la empresa de videojuegos Nintendo. Un niño de ocho años sabe tanto de Pokémon como algún profesor clásico podría saber de mitología griega.

Hay muchos críticos del Pokémon. Hay cristianos fundamentalistas que le consideran diabólico. Hay musulmanes fundamentalistas que le consideran un juego zionista. Hubo judíos que lo tildaron de antisemita. Y hubo un conocido incidente en Japón en que cientos de niños cayeron con ataques epilépticos porque la fluctuación de colores en un episodio de los dibujos animados activó un mecanismo en su cerebro.

Mi crítica del Pokémon es más o menos literaria.

Cayó en mis manos una de las "novelas gráficas" de Pokémon, y empecé a leerla, si es que se puede llamar leer a ello.

Este libro se lee al revés, de derecha a izquierda. Eso está bien, algo acorde al género. Pero en algunas veinte páginas tal vez había dos oraciones completas. Las demás eran más o menos esto: ¡Diiiiinng!... Wvooosh. SWSH, SWSH, ¿Whaaaaa? Qu... Qué. Cáraj... o... es esto. TERREMOTO.

Pura jerigonza. Todo sinsentido. Las pocas oraciones que hay empiezan una idea y la dejan colgando. El pensamiento de la historia carece de lógica. Como diría el libro, todo ello no es más que Sssshrqhtkkkk... ¿Me doy a entender?

El libro no es tradicional, así que no indica su tirada. ¿Cuántos de estos se imprimieron y en cuántos idiomas? No me parece descabellado suponer que por lo menos se trata de decenas de miles de libros. Probablemente un bestseller.

Vale preguntarse si los muchos niños que consumen este tipo de literatura --y que en general forman parte de esta cultura de rapidez, videojuegos y estallidos-- aprenderán alguna vez a pensar en oraciones completas. Sin moralismo alguno me pregunto qué mundo surgiría de una sociedad en la que el pensamiento... SWSJHHH! Khsjyu... ¡Bum! Wow. ...En la que el pensamiento simplemente no tiene sentido.

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martes, septiembre 04, 2007

El porqué de un pseudónimo.

Pocos saben quién fue Ricardo Eliecer Neftalí Reyes, pero muchos más reconocen a Pablo Neruda. Era el mismo escritor chileno, recurriendo al pseudónimo para ocultarse y revelarse a la vez.

Igual que lo hizo Mark Twain, el satirista estadounidense cuyo nombre de pila era Samuel Langhorne Clemens. O como George Sand, la novelista francesa que cambió Amantine Aurore Lucile Dupin por ese mote masculino en una época que no favorecía a las mujeres. Tal y como Toni Morrison sirvió de alias a Chloe Anthony Wofford.

Podría citarse muchos más para decir lo obvio: Muchos escritores han sentido la necesidad de crear una identidad narrativa que les permitiera una expresión más libre. Así, Lucía de María del Perpetuo Socorro se convirtió en Gabriela Mistral. O Marie-Henri Beyle se resumió con un simple Stendhal; tal como Voltaire prefirió una sola palabra al nombre heredado de François-Marie Arouet. Hubo escritores y artistas que se disiparon desconocidos, con todo y sus nombres creados.

Más que pseudónimos, que literalmente significa “nombres falsos,” hablamos de lo que los franceses denominaron “nom de guerre” y que los ingleses cambiaron a “nom de plume”. No se trata de engaño, sino más bien del trascender simbólico de la propia personalidad.

Además, no es nada curioso que alguien que tenga como instrumento las palabras dé cierta importancia a las que se convertirían en representación de su obra. Hay muchas consideraciones que favorecen o contradicen este anonimato. El autor que usa pseudónimo renuncia a una parte de sí mismo para forjar otro vehículo de expresión. El nombre puede ser un escudo tanto como una lanza.

Neruda explicaba así su decisión de adoptar otro nombre en «Confieso que he vivido»:

“La respuesta era demasiada simple y tan falta de maravilla que me la callaba cuidadosamente. Cuando yo tenía ya 14 años de edad, mi padre perseguía denodadamente mi actividad literaria. No estaba de acuerdo con tener un hijo poeta. Para encubrir la publicación de mis primeros versos me busqué un apellido que lo despistara totalmente. Encontré en una revista este nombre checo, sin saber siquiera que se trataba de un gran escritor, venerado por todo un pueblo, autor de muy hermosas baladas y romances y con un monumento erigido en el barrio Mala Strana de Praga. Apenas llegado a Checoslovaquia, muchos años después, puse una flor a los pies de su estatua barbuda”.


Aunque todos tenemos nuestros perseguidores, hay otro punto a considerar. El nombre de autor es una distinción simbólica entre el nombre que se nos da y el que uno se gana.

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domingo, julio 29, 2007

Soñar lo imposible.



La primera vez que vi el musical «Hombre de la Mancha» («Man of La Mancha») me pareció repulsiva la distorsión significativa de una obra como Don Quijote. La próxima vez fue una de esas madrugadas en las que, agripado, mi cuerpo estaba dispuesto a tolerar cualquier cosa, excepto el sueño. Hubieron tercera y cuarta veces porque llegué a encontrar en este traslado al cine de la representación teatral un poder de renovación que habla mucho de la buena literatura.

Los personajes memorables, como sin dudas lo es el caballero andante de La Mancha, trascienden su obra porque en verdad preceden a la obra. Son independientes de ella. Son prototipos de ideales humanos que bien podrían desprenderse hasta nosotros desde ese mundo de ideas que formuló Platón. Por ello son reales en otro plano, aunque nunca existieron en el mundo de los sentidos.

Eso explica por qué la distorsión de la obra en aquel musical magistral --filmado en 1972 bajo la dirección de Arthur Hiller y con la actuación de Peter O'Toole y Sophia Loren-- encarna todavía la misma fuerza que le ha dado vida a este personaje milenario. Es como ver a Don Quijote contado desde el punto de vista de Broadway, con ciertas afectaciones de ese ambiente y de la cultura anglosajona, pero con el mismo vigor de aquella entidad que conocimos primero a través de la pluma de Miguel de Cervantes.

El clímax de esta representación se da con la sentida interpretación de la canción «The Impossible Dream» («El Sueño Imposible») que escribió Joe Darion para la adaptación. No parece extraño oir estas palabras, que a mi me despiertan un fuego interior y por eso traduzco aquí, saliendo de una encarnación dramática del Caballero de la Triste Figura:

Soñar el sueño imposible;
Combatir al enemigo invencible;
Soportar con pena insoportable;
Lanzarse adónde el valiente no va.

Corregir el entuerto incorregible;
Amar puro y casto desde lejos;
Tratar cuando tus brazos están muy fatigados;
Alcanzar la estrella inalcanzable.

Esta es mi búsqueda;
Seguir esa estrella,
Sin importar qué tan fútil sea,
Ni qué tan lejana esté.

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viernes, julio 20, 2007

Las lágrimas del arte.

Un personaje puede ser verdadero hasta las lágrimas. Puede arrancarnos de nuestra inercia y propelernos a la acción, o viceversa. Puede afectarnos de manera profunda.

¿A qué se debe esto? ¿Será que la prosa bien trazada nos lleva a un delirio? ¿Será que olvidamos que aquello es ficción?

No lo olvidamos. Más bien sufrimos porque sabemos que, a pesar de los hechos, hay algo que va más allá del simple recuento de las cosas. Sabemos que la verdad trasciende nuestras pequeñas identidades, y que puede ser verbo y hacerse carne.

Es un misterio al que acudimos cada vez que nos conmueve un cuento; cada vez que nos embriaga una novela; o cuando nos hace temblar la fuerza de un actor. ¿Y qué decir de una poesía? Acomodamos las formas para que sean receptáculo de algo que no tiene formas.

Y esas lágrimas que provienen del arte pueden ser más puras que las que identificamos con nuestros apegos, intereses y temores.

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sábado, julio 07, 2007

Inspiración.

No siempre se parte de ideas. Hay veces en las que una emoción horada el pecho y se convierte en deseo.

¿Deseo de qué? Uno no lo sabe.

Uno se postra ante la página en blanco --sea de papel o electrónica-- y deja que los impulsos se desborden en tormenta eléctrica. Que las palabras se escurran y encaucen como sea.

Aquello viene arrasador y se irá en cualquier momento. Dejará los charcos, las ramas abatidas y el olor a lluvia pasada. Quedará ese alivio después de las lágrimas. Quedará ese cansancio tras el clímax.

Mejor ponerlo todo a un lado y seguir con los negocios de la vida. Uno descubrirá después que lo escrito en esos arranques es igual de intenso que de malo. En ello está sólo el germen de una historia.

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miércoles, julio 04, 2007

A partir de un mundo plano

El columnista estadounidense Thomas L. Friedman adoptó en un libro reciente la metáfora de que “el mundo es plano” para explicar la transformación que trae la globalización. En su fascinante libro del mismo título, él explica que el acceso del ciudadano común a las redes cibernéticas allana el camino a la competencia -- aplanando el mundo.

Aunque Friedman se refiere sobre todo a intereses económicos, el asunto nos atañe a todos, y nos convendría hacernos la pregunta de dónde encajamos nosotros, como individuos, en este mundo globalizado. Es decir, ¿de qué manera podemos adaptar nuestras capacidades y talentos a un mundo donde la información fluye instantáneamente de hemisferio a hemisferio? ¿Cómo nos afectará esta aceleración y apertura del mercado global?

En primera instancia, uno pensaría que la existencia de estas redes es buena para los escritores y artistas de todo tipo -- ahora capaces de dar a conocer sus creaciones alrededor del mundo con un presupuesto mínimo. Pero no es del todo así, porque se da un fenómeno curioso. Para poner un ejemplo acorde a mi interés: Escribe el que escribe y escribe el que no escribía, y casi ninguno lee, pues todos queremos que nos lean. El aumento de acceso a los medios, aumenta el ruido y el hastío, haciendo que sea más difícil encontrar la aguja en el pajar.

¿Entonces qué? Yo digo que aún así existe un lugar en estos medios para el quehacer literario y otros aspectos del arte, pero que al contrario de ese aparente individualismo del todo contra todos, hace falta la asociación de quienes buscan esa expresión pura y directa, de quienes comparten la apreciación literaria, para que todos, en conjunto, puedan resaltar como comunidad -- en vez de ser estrellas que brillan solitarias en el firmamento.

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domingo, abril 22, 2007

Asunto: El corazón de Voltaire.

La cubierta de mi edición de «El corazón de Voltaire» presenta el libro como una “novela negra”, aquel tipo de relato largo en que se sigue la investigación y resolución de un hecho criminal. Esta novela no es eso, sino otro tipo de género vestido de nuevo ropaje que conocemos como la “novela epistolar”. Es decir, una novela contada a través de correspondencia.

En este caso son e-mails.

El libro comienza con correos electrónicos que introducen el conflicto: legitimizar un corazón que guarda la Biblioteca Nacional de Paris como auténtico del escritor y filósofo Voltaire. La tarea se convierte en una asignación especial del gobierno francés, que contrata a un genetista para que pruebe que el órgano del escritor se preserva en Francia.

El efecto que logra el autor Luis López Nieves es similar al que tiene la lectura de un libro que reproduce cartas entre personajes, una técnica más o menos experimental que se usó en varias novelas. Los lectores nos convertimos en “voyeurs” que espiamos a los personajes. Leemos en sus propias voces. Recibimos los detalles a cuentagotas y experimentamos, por tanto, el suspenso.

Pero hay buenas razones por las que estas novelas no son más comunes. Son muy tediosas. Carecen de un hilo narrativo y de una voz a lo largo de toda su extensión. Limitan mucho la prosa al formato epistolar, careciendo por lo general de diálogos y de descripciones que no caben en una carta verosimil. En el caso de estas novelas escritas en e-mails --de las que ya he visto otras en inglés-- añaden la reproducción de los encabezados de los correos electrónicos, con toda esa porquería que en la correspondencia de antaño solamente aparecía, de manera más limitada, en el sobre.

Leer una novela como esta es leer más de doscientas páginas de e-mails.

Es un recurso que distrae demasiado de la trama y los personajes y que puede matar cualquier narración. Los correos electrónicos definitivamente no se hicieron para esta aplicación, sino para mensajes cortos, prácticos y sin recursos literarios. Son un híbrido entre carta y telegrama.

No obstante, en rasgos generales la novela es buena. El tema de López Nieves, un misterio de índole histórica que se desenrolla con cada nuevo dato y pone en cuestión las versiones oficiales, sostiene la narración. La trama se expone con agilidad, a pesar de un par de correos inverosímiles, como uno bastante largo que resume la vida de Voltaire, con fechas, referencias a libros y hasta la explicación de su legado. Un e-mail como ese termina por lo general en el bote de basura electrónica.

La novela es corta en reflexiones, debido tal vez al mismo formato en que se encaja su prosa, pero tiene el dinamismo detectivesco que probablemente dio origen a su clasificación como novela negra. En este caso no hay crimen, no hay detective ni hay personajes que trasciendan el monitor.

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martes, febrero 06, 2007

Del significado de la literatura.

Cuando hablamos de significado nos referimos a algo que no se puede transmitir de manera directa, pero que queda sugerido por la representación abstracta de las imágenes y las palabras. Hablamos de lo que el signo señala, pero no contiene.

Es como decir, por ejemplo, que el significado de la palabra "silla" no es la silla en sí. Es decir que --como enunciaban voces tan distintas como las de Alfred Korzybski en el terreno lingüístico y Jiddu Krisnamurti en lo espiritual-- la palabra no es la cosa.

La palabra "silla" no es la silla. La palabra “palabra” no es la palabra.

Esta misma observación se encuentra a nivel más amplio. Suponemos que toda esta cosa que llamamos vida es la representación de verdades que le trascienden.

De ahí surge la cuestión: ¿qué es el significado de todo esto? ¿qué sentido tiene la existencia? ¿hay algo más allá, o más acá, de lo que pensamos, sentimos y hacemos para sobrellevar cada día?

Los religiosos dicen que sí y presentan un dogma. Los filósofos rondan mucho la pregunta, tal vez con temor de entrarle en lleno. Los científicos se ocupan de las particularidades.

La literatura --todo el arte-- tiene la responsabilidad de contemplar este asunto: ¿Qué significa ser humanos?

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sábado, marzo 26, 2005

El don Quijote de todos.

“Cuántas veces don Quijote,
por esa misma llanura,
en horas de desaliento
así te miró pasar.

Y cuántas veces te gritó
‘Hazme un sitio en tu montura
y llévame a tu lugar,
que yo también
voy cargado de amargura
y no puedo batallar'”.

Joan Manuel Serrat, «Vencidos».



En vista de que hacen cuatro siglos que se publicó «Don Quijote de la Mancha», me cuento entre aquellos que regresaron este mes a sus estantes de libros y desempolvaron sus ediciones de esta obra cumbre en que se cuentan las hazañas del ingenioso hidalgo.

Por todas partes de la Hispania, que así le llamaré a la tierra literaria que conocemos desde la Tierra del Fuego hasta los barrios hispanos de Nueva York, se celebran reuniones, lecturas, presentaciones y congresos que hacen ecos a las celebraciones en España.

Entre todos estos actos, incluyendo aquellos de elevados vuelos académicos, el más honesto, y a la vez el más revelador, es la lectura de la obra, ya sea por primera o sucesiva vez. Solamente así se descubre qué es lo que puede tener un relato que obviamente recorre los senderos de la ficción para que no solamente sobreviva a su autor, sino a los siglos, y así se convierta en un arquetipo de la experiencia humana.

La gran novela española sobrevive, ya en todos los idiomas que tienen literatura, desde mil seiscientos cinco hasta dos mil cinco. Es porque Miguel de Cervantes Saavedra se conectó en aquella cárcel de Sevilla donde escribió con por lo menos un gran aspecto fundamental de nuestra condición. Todos somos Quijotes en alguna parte de sí mismos, o queremos serlos, emprender el trote hacia aventuras que a la vez concuerden con un profundo sentido de la ética y la caridad humanas. Todos conocemos algún Sancho Panza, si no es que lo somos: hombres de pensamiento común que muchas veces, sin darse cuenta, tocan profundidades espirituales. Y existe, aún en estos tiempos de “empates” por chat rooms, acuerdos prenupciales, profilácticos y servicios de éscorts, el romance idealizado que a veces es caricatura de sí mismo, pero que también encierra el anhelo primordial que tenemos de amar y ser amados.

Todo eso y más es el Quijote, y por eso la obra no morirá mientras exista una literatura.

Pero hay algo más, que trasciende en mi caso a aquella primera lectura en la que anduve rodando por el piso de mi cuarto, muerto de la risa, porque me burlaba encarnizadamente de tan ingenuo y destartalado héroe. En esos primeros capítulos leí al Quijote como quien ve al Chapulín Colorado, otro gran personaje de la Hispania aunque en otro medio, sin darme cuenta de que entre risa y risa se colaban otras observaciones de mayor envergadura.

Y no sé si fue en alguna clase de literatura, o tal vez en alguna conversación con uno de mis profesores favoritos, que alguien dijo que en el Quijote cada cual lee lo que quiere leer y que esa cualidad le hacía una obra universal. Servía de espejo a las flaquezas y fortalezas humanas, como cuando el Quijote se enfrenta al caballero cuyo traje está hecho de espejos.

Es cierto. El Quijote no es solamente un soñador idealista, sino una entidad misma de ese mundo de las ideas que tanto le interesaba a Platón. En él se cristaliza una variedad de percepciones humanas, que dicen más del lector que del personaje. Esa ha de ser una gran aspiración de la buena literatura, servir de espejo, para que quien la lea se mire y se reconozca en ella a través de las situaciones y los personajes: algo así como un intricado juego de visualización en el que terminamos por ver algo de sí mismos.

De esa manera, lo que leí en mi primera experiencia del Quijote no es lo mismo que leí la segunda vez, ni lo mismo que leo ahora que emprendo una tercera lectura -- o tal vez una tercera salida como las del hidalgo caballero sobre su enflaquecido Rocinante.

He oido variadas interpretaciones, como éstas, derivadas de mis conversaciones respecto a la novela. Una profesora me dio la interpretación oficial de que era una burla del genero novelístico de caballerías. Alguien lo leyó como un tratado de la más profunda astrología y simbolismo esotéricos. Otra persona me decía que contenía joyas de conducta moral. Otros la ven como un simple reflejo de la España de la época. Alguien hasta vio en los caballeros señas de fraternidad masculina, sino de homoerotismo. Alguien más descubrió una renovación del viacrucis cristiano. Una mujer me decía que lo leyó como una crítica de la mentalidad enflaquecida de los hombres. Otros me decían que era un tratado revolucionario, que se oponía al establecimiento mediocre y burgués de la época. Otra persona me decía que parecía un análisis de la locura y, particularmente, de la esquizofrenia. Yo, francamente, en mi segunda lectura vi una novela iniciática que retrataba las luchas en el camino hacia la perfección espiritual. Pero, ahora, además de ver todas estas cosas que acabo de mencionar, descubro una novela que estudia y expone el mismo valor de la literatura, y por extensión del arte.

Se versifica, se pinta, se canta, se narra, para que el ser humano vislumbre algo del misterio de su propia vida.

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sábado, marzo 05, 2005

La mística de los escritores.

Un escritor es alguien que sabe escribir y lo hace. Nada más. Pero en los medios literarios se trata a los autores consagrados como si fueran grandes guías de la humanidad, y semidioses de algún Olimpo desgraciado. Algunos genios habrá; otros escasamente serán estilistas, aunque están los que necesitarán ayuda siquiátrica.

De los escritores, sin embargo, se vende una imagen, que la mayoría de las veces bordea en lo misticoide.

Aparecen fotografiados en poses de profundo pensamiento, retorcidos casi como el hombre tieso de la escultura de Rodín, que una vez describiera Gabriela Mistral en su poesía:


Con el mentón caído sobre la mano ruda
el Pensador se acuerda que es carne de la huesa
carne fatal, delante del destino desnuda,
carne que odia la muerte, y tembló de belleza.


Y en las entrevistas se les rinde pleitesía, y se les formulan preguntas grasosas, que a veces tienen muy poco que ver con los libros que escribieron: ¿cuál es para usted el significado de la vida? Así ganan los escritores un púlpito de roca, desde el que bien pueden exhibir sus egos de pedantes, lucir su erudición, o en raras ocasiones compartir los asuntos vitales que les mueven a la escritura. La mayoría lo que hace es pavonearse, presas de toda la alcahuetería que se forma alrededor de ellos.

Mucha de la gente que devora libros se cree esa mística rara y trafica en historias oscuras sobre esos seres angustiados que enaltecen en sus mentes. Recuerdo alguna ocasión en que alguien me recomendaba a una escritora con ese tipo de motivaciones (que ahora exagero en mi memoria): Es una persona muy sufrida que desciende de una familia muy atormentada. Es huérfana de padre y madre, porque su padre murió en un accidente automovilístico y su mamá se suicidó. Cayó en el alcoholismo y las drogas, y ella misma trató de cortarse las venas varias veces.

A mi se me retorcía cada vez más la cara con cada capa de tormento, porque me preguntaba por qué querría leer a alguien que arrastrara semejantes martirios y confusión existencial. Además, se me dijo todo de su vida afanada y nada de la calidad y el contenido de su arte.

Lo que pasa es que los escritores, cuentistas y novelistas, adeptos en el suspenso y la hipérbole, aprendieron a ficcionalizarse ellos mismos y a hacerse interesantes. Se convirtieron en personajes de sus propias ficciones -- y el mundo de las relaciones públicas explota esas tragicomedias para vender más que libros, una imagen. La imagen que predomina es la del escritor atormentado, y tal vez algo cínico, que lleva la mayoría de las veces una vida bohemia -- es decir, que fuma, toma, tal vez usa drogas; si es hombre tiene muchas mujeres y frecuenta putas; si es mujer, es liberal y tal vez ultrafeminista, o, mejor aún, bisexual. Tal parece que no hay nada común ni corriente entre los que alcanzan el éxito literario. Todos tienen algún toque de desgracia, locura o grandeza.

Esta es una mística falsa, saturada por cierta idiotez a través de los siglos. No hay que destruirse para expresarse. No hay que “ensolver” --como decía mi abuelo-- el humo de la nicotina ni dejar que substancias alcaloides le carcoman a uno el cerebro. No hay que cortarse las venas y dejarlas sangrar lo suficiente como para aparentar suicidio. Nada de eso es arte, sino bellaquería. Nada de eso es vivir, sino prostituirse. Nada de eso es grandeza, sino pequeñez.

Y coincido con otros al decir que vivir en sí es un arte y, en el fondo, la más sincera expresión de lo que es ser humanos. Por eso soy tal que cuando veo un escritor en una de esas poses de ensimismamiento, con una copa o un cigarrillo humeante en la mano, se me van las ganas de leerle.

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sábado, febrero 19, 2005

El mundo termítico de los libros.

“El miembro regular de un termitero nacía, crecía, se reproducía y roía hasta morirse. Algunas veces dejaba de roer tiempo antes de su muerte, pero este mismo hecho ocasionaba el fin de su vida pues al perder su dentición el comején estaba automáticamente condenado porque moría de hambre. En aquella sociedad se desconocían las leyes de la prolongación de la vida. Termita que moría, comida que quedaba para que otra la digiriera”.

«Las termitas» (cuento), Gloria Chávez Vásquez, Nueva York, 1976.


Sucede que las bibliotecas no son un santuario para todos los libros. Hay muchos que desaparecen para siempre de sus tramos y catálogos, como si jamás existieran. Hay otros que nunca llegan a las bibliotecas, víctimas de la selección natural de la que hablaba Darwin. El más popular vence y consigue un espacio en los anaqueles.

De hecho, los bibliotecarios, náufragos en un mar de títulos, se subscriben a publicaciones que categorizan, describen y hasta clasifican en listas de popularidad a los últimos títulos de las editoriales. Significa esto que la mayoría de los compralibros accede a una misma base de conocimientos y que, por lo tanto, los catálogos de varias bibliotecas tienen más o menos los mismos contenidos.

Ya se sabe, por ejemplo, de la infame lista que se publicó en norteamerica a final del siglo veinte para clasificar (quizás promocionar) las cien mejores novelas de toda la centuria. Muchos la criticaron, pero otros la imitaron y extendieron la clasificación más allá de los gustos norteamericanos para compilar los mejores títulos de la literatura mundial.

Así resultó que en la lista original, designada en base a las preferencias de expertos y repleta de títulos estadounidenses, la mejor novela fue «Ulises», de James Joyce, mientras que en otra lista de las preferencias de lectores resultó «La rebelión de Atlas» de Ayn Rand. Unos europeos reaccionarios le dieron el título de mejor novela a «Cien años de soledad» de Gabriel García Márquez. En las listas anglosajonas, dicho sea de paso, no apareció ni siquiera uno --repito, ni siquiera uno-- de los escritores hispanos del siglo, a pesar de que la novela moderna naciera en español con las aventuras del hidalgo caballero don Quijote de la Mancha (que, por cierto, en otra lista clasificó como la mejor novela de todos los tiempos).

Lo cierto es que los bibliotecarios del mundo se guían por estas listas, pero también por otras peores, que documentan con regularidad los títulos más populares. (Y hablando de eso, en Estados Unidos, los hispanos aparentemente se interesan primordialmente en los libros del sensacional Dan Brown, el autor del «Codigo Da Vinci»; en los escritos de personalidades de televisión como el ojos azules (o verdes) Jorge Ramos y la plásticamente reconstruida María Antonieta Collins; en las sexo-novelas de Isabel Allende; y en los libros de autoayuda, dietas o supuesta renovación espiritual).

Y esto me trae al punto original de que muchos libros pasan desapercibidos mientras se los come la polilla del tiempo, y otros que por la casualidad circulan por los anaqueles del mundo ceden su sitio a bestsellers como todas las traducciones y ediciones ilustradas del «Código Da Vinci». Es asunto de popularidad, que en nuestros días requiere la más de las veces que la trama esté repleta de inclinaciones esótericas, suspenso, sexo, drogas, celebridad o que al paquete lo apoye alguna campaña de publicidad muy sólida.

Tal vez por cierta aversión a estas tendencias mercantilistas, rescato cuando puedo los libros que botan las bibliotecas. Por falta de espacio y presupuestos, muchos de estos museos de ideas limpian las estanterías para abrir espacio a estos otros libros que se venden como pan caliente. Vuelvo al «Código Da Vinci» como ejemplo más reciente, pero podría citar otros de décadas pasadas, aunque lo cierto es que muchos de esos libros más vendidos pasaron de moda.

Pero tal y como el personaje de «La sombra del viento», una novela de Carlos Ruiz Zafón que se publicó el año pasado, he recorrido estos cementerios de libros que son las bibliotecas modernas, antes de que se entregaran varios tomos a las fauces de algún camión de basura. Esta práctica selectiva también me recuerda aquella escena en que los enemigos del idealismo de don Quijote queman las novelas de caballería. Y sorprende la cantidad de libros que en nuestros días de liberalismo político se encuentran camino al incinerador. Son víctimas del desinterés.

Las bibliotecas los regalan a aquellos que quieran reciclarlos antes de mandarlos a los basureros municipales. Una vez salvé una edición de cubierta dura de «La República» de Platón, considerada uno de los mejores trabajos del filósofo griego. Mi esposa llegó una tarde con «La Celestina», la tragicomedia de Calixto y Melibea que dejó el misterioso escritor Fernando de Rojas, y que dicho sea de paso sobrevive a las llamas y las listas de bestsellers por lo menos desde el año mil cuatrocientos noventinueve. Recogimos también una antología de prosa estadounidense; dos novelas del “lobo estepario” Herman Hesse; una recopilación autobiográfica de Evita Perón; un libro de tirada limitada del poeta español Luis Cernuda (aparentemente financiada por el mismo autor durante su estadía en Nueva York); y el tratado «Emilio o de la educación» del filósofo ginebrés Juan Jacobo Rousseau.

Iban a la basura. A los incineradores.

La razón: nadie los tomaba prestados de las bibliotecas donde ocupaban espacio nada más, aunque los libros del gurú de las estrellas Deepak Chopra requerían listas de espera.

No tengo nada contra Brown ni Chopra (ni Ramos, Collins y otras caras). De hecho, leí a ambos, pero para el buen lector bastan pocas explicaciones.

Los que más me llaman la atención, por una forma de compasión distorsionada, son esos libros que no fueron a ningún lado y cuyos autores no obtuvieron la celebridad instantánea. Ahora ni siquiera merecen sitios en las bibliotecas.

Encontré uno de esos en la Langston Hughes Public Library de Corona, un barrio neoyorquino. Lo pusieron a tostarse al sol de la entrada para que los salvalibros como yo los adoptaran antes de que llegara el camión de basura. En la portada vi el título, formado por trozos de madera vieja que desprendían aserrín. Se titulaba «Las termitas» y lo llevé a la casa junto a otros rescatados. Hará dos o tres años de eso, pero hasta ahora abrí sus páginas. Lo leí una tarde de estas, y francamente me encantó uno de sus cuentos, titulado «Sor Orfelina». El escrito «Las termitas» no estaba mal como fábula. Lo demás no tanto. Pero ese cuento de Orfelina era suficiente como para rescatarlo.

Había algo más, en la segunda página encontré una dedicatoria de la misma pluma de su autora, Gloria Chávez Vásquez, que según mi investigación es maestra en el sistema educativo de Nueva York. Está fechada el ocho de septiembre o el nueve de agosto de mil novecientos ochenticuatro, según se lean los números.

Se vé que escribió la dedicación con cariño, por los detalles estilizados de sus letras, a alguien que por lo menos tuvo el respeto y la delicadeza de no botar el libro y se lo regaló a la biblioteca.

Dice:

Para mi amigo
Tulio Mario
compañero de pluma
y de ESP en este
mundo termítico

Love

Gloria Chávez
‘84

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