sábado, agosto 11, 2007

Las paredes de San Agustín.



Pocos estadounidenses saben que se hablaba español en la primera ciudad de su territorio.

Antes de que existiera lo que hoy llamamos Estados Unidos los navegantes españoles llegaron a la costa atlántica de la península a la que Juan Ponce de León bautizó con el eufemismo de Florida en 1513. Décadas mas tarde, Pedro Menéndez de Aviles fundaría la primera colonia española en agosto de 1565, nombrándola San Agustín en honor al día del santo en que arribó con su catolicismo y planes expansionistas.

Los accidentes de la historia y las dificultades que enfrentaba la corona española en mantener su dominio llevarían al abandono de la colonia, hasta su venta a Estados Unidos unos dos siglos después. San Agustín es hoy una ciudad anglosajona con rasgos españoles.

Al recorrer las viejas calles de San Agustín uno puede ver la conquista desde el punto de vista de los conquistadores -- aunque quede claro que ellos fueron, después de todo, invasores.

¿Quiénes fueron estos hombres que vinieron al pantano infectado de mosquitos que era la tierra floridana? ¿Qué los empujaba? ¿Era la ambición? ¿O había también en ellos un deseo de aventura y, quizás, un buen toque de locura? Eran soldados, sacerdotes, marineros, negociantes, violadores y ladrones. Eran hombres, y luego mujeres, comunes. Incluían a aquellos que buscaban riquezas tanto como a los que deseaban un escape.

Hay que ver las condiciones de vida de la época para entender que conquistar tierras no es como ir de paseo. Estos colonizadores llegaban a un territorio hostil, tras un viaje demoledor, a hacerse un mundo entre la floresta y el calor maldito de los veranos tropicales.

Construían sus casas, abrían calles, plantaban misiones y erigían templos ante los cuales pedir misericordia por sus culpas. En el fondo, buscaban recrear el mundo que dejaron atrás.

En San Agustín, el establecimiento de la colonia se ancló en la construcción del fuerte Castillo de San Marcos que tomaría ventitrés años de empuje y sudor. Desde aquella estructura impresionante, los españoles desterrados combatieron a los corsarios, a los invasores ingleses y a los indígenas, solamente para rendirse, empacar sus cosas, e irse para Cuba al final de cuentas.

Cientos de años después, el fuerte sigue allí con sus muros de coquina, una roca de conchas fusionadas que debieron de arrastrar desde la costa atlántica. Quedan las casas más antiguas, hechas de la misma piedra blancuzca, y las calles estrechas que se encuentran en los vecindarios coloniales de toda América.

En las cámaras cavernosas del castillo quedan las camas de madera y las almohadas rellenas de la fibra de árbol que algunos llamamos guajaca. Están también las letras inconexas de mensajes ilegibles que los soldados de antaño inscribieron en las paredes.

Estas ruinas apuntan, de manera dramática, a la invasión descarrilada que fue la conquista. Estas paredes viejas, estos cañones anticuados y las garitas que miran a un puerto vacío, expresan una de las lecciones silentes de la historia.

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lunes, mayo 21, 2007

El progreso heredado.

Las ciudades: sus edificios, el dinamismo que las envuelve y la confluencia de gentes que llevan al pluralismo de ideas. Todo ello fluye como la electricidad por sus circuitos. Pero cada piedra se erige, como reza la frase inglesa, sobre “sangre, sudor y lágrimas”.

Nueva York, Paris, Madrid, London, México, Buenos Aires, Shanghai. Cualquier otra.

Cada ciudad tuvo su conflagración en las vueltas de la historia. Las plazoletas de todas ellas nos recuerdan a los patriotas de antaño, usualmente esculpidos al blandir algún arma al aire.

Si las paredes vivieran, correrían fluídos vitales de sus coyunturas de argamasa. Todos somos herederos de esos logros, de esos fracasos, y somos a la vez los nuevos eslabones.

¿Qué nuevos cimientos pondremos? ¿Cuál será la proporción de capital humano? ¿Cuál es el fin de todo ello?

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