Flores amarillas.

En memoria
de Hécsa Costa.
Recuerdo sus ojos claros, pero no sé si azules, verdes o amarillos. Me decía que escribiera cuando yo no sabía que escribiría. Acepté que si algún día lo hacía la buscaría para compartir lo escrito.
Era mi primer profesora universitaria en aquella clase de humanidades. Es posible que yo, también, haya sido su primer estudiante, aunque éramos más de una docena. Nos contaba de la clarividencia del escritor: aquella facultad de hilvanar historias con algún germen de verdad.
Llegué por los pasillos que antes recorrí, pero no estaba. Había dejado las aulas. Recordé el final de clase en su apartamento. Allí estábamos todos, aquel grupo de inmigrantes disparejos que acababan de completar su primer semestre. El examen consistía en una discusión sobre los personajes de «Cien años de soledad» -- texto de la clase junto a «La vida es sueño» y «La metamorfosis».
A varios nos asignó personajes. Me tocó José Arcadio Buendía --ese loco idealista del Macondo primeval-- y estuve hasta la víspera marcando párrafos en amarillo y rosado.
Abro el libro en cualquier página y ahí están las marcas todavía, como este párrafo, sin duda de los que me parecieron más importantes:
“Entonces entraron al cuarto de José Arcadio Buendía, lo sacudieron con todas sus fuerzas, le gritaron al oído, le pusieron un espejo frente a las fosas nasales, pero no pudieron despertarlo. Poco después, cuando el carpintero le tomaba las medidas para el ataúd, vieron a través de la ventana que estaba cayendo una llovizna de minúsculas flores amarillas...”.
Yo estaba nervioso. Se me dificultaba describir a José Arcadio Buendía tanto como si se tratara de mí mismo. Discutimos el libro: hablamos de Úrsula, del Coronel Aureliano, de Pilar Ternera, pero nunca me pidió que expusiera mi parte. Solamente años después, cuando no la encontraba en ningún sitio, comprendí que esa asignación no era para la clase. Era solamente para mi.
Obtuve algunos datos: calles, números de edificios y de apartamentos, teléfonos. Llamé y estaban desconectados, o eran incorrectos. Salí una tarde de sábado, con mi borrador de novela bajo el brazo, y la busqué. Anduve horas por los barrios del Bronx, siguiéndole el rastro. En la mayoría de los apartamentos no respondieron. En una de sus viejas direcciones había un taller de mecánica. Ninguna de esas direcciones era actual.
Hace años de eso.
Esta semana la encontré en el archivo de clasificados de un periódico:
HECSA COSTA SANTIAGO, natural de Humacao y residente en Bayamón, falleció el 9 de noviembre de 2007, en Bayamón. Sepelio pendiente, en el cementerio Los Ángeles Memorial, en Guaynabo.
No queda nada que hacer. Vuelvo al resto de aquel párrafo que marqué para su clase, y esta vez lo leo para ella:
“...Cayeron toda la noche sobre el pueblo en una tormenta silenciosa, y cubrieron los techos y atascaron las puertas, y sofocaron a los animales que durmieron a la intemperie. Tantas flores cayeron del cielo, que las calles amanecieron tapizadas de una colcha compacta, y tuvieron que despejarlas con palas y rastrillos para que pudiera pasar el entierro”.
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