jueves, diciembre 21, 2006

Navidad, navidad, navidad... Ya llegó la navidad.

Es esa época de luces y colores. De cánticos apacibles y dulces melodías. De historias llenas de magia y fe en la bondad de los seres humanos. Es tiempo de fiesta.

Todo ello es la fachada de algo menos sublime: el consumismo que es santo y seña de nuestra cultura global.

En algunas partes del mundo hay una bonanza. Artículos de lujo, como las televisiones de pantallas de plasma o los últimos modelos de los videojuegos en boga, desaparecen de los tramos. En otros lugares del mismo “mundo cristiano” se celebrará como se pueda.

¿Qué tiene todo eso que ver con el mito cósmico que se conmemora en Navidad? Está la tenue conexión con los Reyes Magos, su oro, su mirra y su incienso. ¿Serían tan sabios? Pero, más que nada, la navidad contemporánea es un triunfo del mercadeo masivo. Un arboricidio sin compasión.

Estas reflexiones se caen de la mata, aunque a la vez se pierden en el facilismo de las fiestas. La Navidad, el auténtico alumbramiento y nacimiento de un espíritu renovador, tiene muy poco que ver con todo ello.

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