domingo, septiembre 28, 2008

Hacia una nueva literatura.

La crítica examina la literatura como si estudiara un barómetro de la época. Busca esos patrones mayores que puedan señalar hacia la sociedad y sus retos, incluida la respuesta o escapatoria que el arte pueda ofrecer.

Yo no soy crítico, pero creo que estamos en un momento definitorio para el arte en general y la literatura en particular. ¿Por qué? Porque los valores del mundo según lo entendemos --es decir, la vida en sociedad-- caen bajo tela de juicio en tiempos de crisis.

Y de eso no hay duda: Vivimos en tiempos de crisis.

Encuentro una referencia interesante en "The Meaning of Life" ("El significado de la vida"), un pequeño libro que resume este ímpetu de búsqueda para el lector apresurado. Allí, la filósofa norteamericana Terry Eagleton más o menos dice:

"Las averiguaciones sobre el significado de la vida, cuando se lanzan en gran escala, tienden a surgir en tiempos cuando los roles, creencias y convencionalismos comunmente aceptados se hunden en una crisis. Tal vez no es accidental que las obras más distinguidas del género de tragedia tienden a surgir de igual manera en esos tiempos."


Ella pone como ejemplo el trabajo existencialista de Jean-Paul Sartre, que sucedió a la Segunda Guerra Mundial y se atrevió a cuestionar el valor mismo de la existencia, como esta cita de «La náusea» hábilmente resume:

"Nada parecía real; yo me sentía rodeado de tramoya de cartón que podía desarmarse con rapidez".


No sólo estamos ante el relativo comienzo de un siglo, sino en un momento en que las sociedades y las economías no responden a los simples calificativos de capitalista, socialista o comunista -- tras una resquebrajadura global entre gobiernos y terrorismo.

Para poner dos ejemplos: La China, ya se sabe, es cada vez más capitalista; Estados Unidos, aunque todavía no se reconoce del todo, es cada vez más socialista. Allá donde un solo partido manda existe un poderoso encaprichamiento con el dinero; mientras acá, en el país que se presenta como el estandarte del libre comercio, ya no se sabe qué hacer para rescatar el valor del dinero frente a una economía depresiva.

Estamos en una época a la que no aplicará la definición de posmodernista, que nunca ha significado nada de todas maneras.

Hace falta una literatura que confronte estos hechos y que nos sirva de espejo para entender dónde estamos, quiénes somos y hacia dónde vamos.

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domingo, diciembre 02, 2007

El grito desgarrado de Reinaldo Arenas.

La carátula de esta edición de «Antes que anochezca» presenta una fotografía de un Reinaldo Arenas viril y despeinado que divisa a lo lejos con intensidad, sin fingir una sonrisa. Es un hombre de mirada trágica, pero altanera. Le delata el pelo revuelto y la verruga anarquista detrás de la oreja.

No he leído memorias como estas – y, de seguro, no las hubiera leído en otros tiempos, o de saber siquiera las minuciosidades de lascivia y tragedia a las que me iba a llevar este escritor. Es una obra rabiosa. Pero también es una obra orgiástica, incómoda para los que somos del sexo convencional. Es una declaración de la más abierta homosexualidad, pero no es sólo eso. Es también un testamento de dignidad a pesar de todas las indignidades.

Es un libro que no complace a muchos bandos. Ofende a la derecha por su promiscuidad, un reto declarado a los guardianes de cualquier moral. Ofende a la izquierda por su condena del caudillismo de Fidel Castro y la crueldad de su comunismo. Ofende a los capitalistas por la crítica de su grosera afición al dinero. Ofende al exilio cubano en “El Mierdal” de Miami por lo que expresa como la brutalidad de su resentimiento, aunque este fuere justificado. Ofende a los ideólogos, a los escritores y a los intelectuales que justifican la maldad. Ofende a la vida misma, por la manera en que el autor desea, al fin, el abrazo de la muerte.

Es una autobiografía --hecha película en «Before Night Falls», merecedora de quince nominaciones y once Óscares hace ya unos años por el director Julian Schnabel, el escritor Cunningham O'Keefe y el actor Javier Bardem-- a veces muy detallada en las particularidades de un círculo vicioso. Es pedestre en el afán de relatar la sucesión de los hechos en una Cuba infernal. Pero se eleva, sobretodo por la honestidad de su expresión, en pasajes poderosos como cuando Arenas habla del inevitable deseo de denuncia que perjudicaría su carrera por los encasillamientos políticos:

“...cómo podía yo después de veinte años de represión callarme aquellos crímenes... Nunca me he considerado un ser ni de izquierda ni de derecha, ni quiero que se me catalogue bajo ninguna etiqueta oportunista y política; yo digo mi verdad, lo mismo que un judío que haya sufrido el racismo o un ruso que haya estado en un gulag, o cualquier otro ser humano que haya tenido ojos para ver las cosas tal como son; grito, luego existo”.


Leer las memorias de Arenas es exponerse a ese grito, aunque duela.

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