miércoles, noviembre 14, 2007

La vida como educación.

Esta noche me encontré en esa situación de tener mucho que decir y no tener palabras.

Un amigo está enfermo. Más que un amigo: es alguien que ha traído un poco de sentido a mi vida y las de muchos otros que nos unimos a su deseo de compartir los bienes inmateriales del diálogo. Solamente lo identificaré como Miguelangel. Es su verdadero nombre.

Es el fundador de un club del libro, del que hasta ahora participo religiosamente, en la ciudad donde habito. No sé si él lo recuerda, pero la primera vez que lo vi ambos asistíamos a una reunión de periodistas hispanos donde se fundaba un grupo para representarnos.

Miguelangel habló para expresar una necesidad, que no era de él pero que él sentía como propia. Hacía falta, dijo entonces, que se elevara el nivel de calidad de nuestro periodismo -- y que se plantearan otro tipo de prioridades de responsabilidad social: los reportajes culturales, las bellas artes, la profundización en los temas.

Los periodistas, dijo entonces, deberíamos considerarnos educadores.

Me consta que Miguelangel no hablaba por hablar. Él hace periodismo a su manera, que es lo mismo que decir que no es periodismo, sino trabajo social. En ese entonces trabajaba en una estación de radio, pero esa no era su verdadera ocupación: él fundó el club del libro y expandió sus actividades a tertulias de poesía, de cocina, y de talentos -- creando por su cuenta espacios para que otros expresaran sus inquietudes y encontraran, a veces, la comunión de ideas. A este esfuerzo, que realizó sin beneficio económico, le llamó Tertulia Cultural Hispana.

Allí lo hemos visto hablar, reir y soñar. Allí nos contó de los recurrentes dolores de su enfermedad. Allí nos detalló el despertar de conciencia que representó un viaje reciente a Italia. Allí conversó más de vida que de libros y autores.

Esta noche llegó a la reunión algo cabizbajo. Vino a decirnos que renunciaba. Su cuerpo se revela contra él y necesita el descanso.

Antes, cedió la dirección del grupo para que otros continúen esa labor que él se empeñó en cumplir sin que nadie le diera el encargo. Al retirarse, quedamos callados. Algunos ojos se humedecieron. Otros nos hicimos los fuertes. Y yo pensaba que tal vez él mismo no sabe lo que nos ha dado al exponerse con la honestidad con que lo ha hecho -- un obsequio espiritual que solamente podemos corresponder compartiéndolo con otros.

No solamente los periodistas, sino todos, debemos considerarnos educadores.

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