domingo, enero 21, 2007

Cambio de dirección, segunda parte.

Las mudanzas son pequeños desastres. Yo lo sé, que he pasado por muchas. En cada una se pierde y se gana. Se quedan pedazos de uno regados por los lugares que habitó, pero así mismo se siembra en nuevas tierras: unas semillas germinarán y echarán raíces; otras no.

Es como si uno tomara todas las partes que componen la propia identidad --esa armazón ilusoria-- y se las separara para volverlas a armar, siempre de otra manera, en otro lugar.

Se aprende mucho. Se botan muchas cosas que no sirven y se adquieren otras que pueden o no ser necesarias. Descubre uno que si pone el sofá en otro ángulo o la cabecera de la cama apuntando hacia el este, por ejemplo, se desahoga muchísimo el espacio personal. O que otro color de pintura da un aspecto refrescante al ambiente. Y tal vez (tal vez, porque nunca se sabe) una de esas mudanzas sea la última: la rivera que te llevará a la otra orilla, definitiva y final.

Por esas y otras razones --porque mudarnos es parte de nuestra evolución misma--, las mudanzas son desastres necesarios.

Este blog se muda. Pronto estará en http://www.libro-abierto.com

Les pido paciencia, mientras empaco y desempaco.

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miércoles, enero 03, 2007

Invitación a un lugar que todavía no existe.

Estoy considerando cambios. Quiero trasladar Libro abierto a una dirección más apropiada, aunque sé que me arriesgo con ello a la pérdida de lectores. Lo hice una vez, y quizá vuelva y lo haga -- en este proceso constante en que estoy de encontrar mi lugar.

Así que esto es un aviso, y no tanto una advertencia, de que cualquier día me mudo.

Lamentablemente, el sistema de las bitácoras no permite que uno deje un papelito pegado a la pared y diga dónde se fue uno con sus palabras. Lo pongo aquí de manera anticipada para que quienes se interesen en visitarme cuando eso suceda se apunten a las subscripciones de Feedburner (la ventanilla al lado derecho de la bitácora) para recibir el aviso automático. No puedo tampoco anticipar la nueva dirección porque depende de su disponibilidad en el momento en que lo haga, pero el propósito es que tenga Libro abierto, y no mi desordenada pila de nombres, en la dirección.

Ya lo saben. Estarán todos invitados, si me encuentran.

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domingo, febrero 13, 2005

El espacio de la mente.

En Nueva York prescindí de cualquier cosa que se llamara privacidad, porque carecía de dinero para comprarla. Viví con mi esposa y primer niño en un sótano de esos donde la sala era a la vez el comedor y la recámara. El baño era un estuche al lado de la cocina. Nuestra vista consistía de unas ventanillas rectangulares a la altura del cielo raso, desde donde divisábamos nada menos que los pies de los vecinos que frecuentaban los botes de basura.

Recibíamos a las visitas allí, y lo único que dividía la cama y la cuna de los muebles de la sala eran unas finas cortinas que colgaban del techo.

En tales condiciones escribí mis primeros cuentos, tecleándolos a veces en la intimidad de las noches mientras escuchaba en la otra esquina los ronquidos armónicos de mi esposa y bebé.

Éramos felices, porque la felicidad solamente existe en el pretérito, cuando las inconveniencias del diario vivir han desaparecido como espejismo.

Para cuando tuvimos el segundo niño mejoraban nuestras condiciones, porque teníamos ya una recámara al menos, donde los pequeños nos acompañaban, todavía cercanos a nuestro lecho marital. Recibíamos las visitas en una sala de veras y mi esposa preparaba los alimentos en cocina aparte, pero el escritorio seguía en la sala, como parte íntegra de nuestra vida social. O lo que quedaba de ella.

Hubo madrugadas en las que me alumbraron los primeros rayos de la mañana pegado en el trance de la escritura.

Ese horario me dejaba como un estropajo. Por eso busqué una alternativa. Resolví que haría una cita conmigo mismo todos los sábados en la mañana. Junté unos ahorros y me compré una computadora portatil. La coloqué en un bulto que gané en un concurso y que preparé para la excursión sabatina, a quince minutos de camino. Recorría las calles de East Elmhurst hasta la Langston Hughes Public Library -- nombrada así para honrar a un escritor negro del que se sabe que pasó vicisitudes económicas mientras plasmaba los volúmenes de historias que escribió.

Era un lugar apropiado. Me arrimaba a la mesa más recóndita, donde por cierto había uno de los pocos enchufes para mi computadora, y me entregaba por una hora al trance frenético. Tomaba algunos respiros. Y desde allí veía el incesante tráfico de Northern Boulevard y la gente que entraba y salía del restaurante dominicano al cruzar la calle.

Le arranqué varios capítulos a esa esquina.

Ahora vivo en la que parece casi otra vida. Tengo dos pisos y un cuarto donde me encierro para escribir, pero estos años me enseñaron que importa más el espacio que uno hace en la propia mente que el desahogo físico del que se goce.

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