lunes, febrero 25, 2008

Paracaidismo hacia la nostalgia.

Esta noche no puedo dormir. He caído en el mundo que habité como bebé, como niño y como adolescente, sin ninguna otra defensa ni preparación que el asombro. Buscaba una referencia geográfica y encontré un mapa: una imagen de satélite que me mostraba una calle conocida.

Entonces me pregunté: ¿y si busco uno de esos lugares que me dieron el ser? ¿lo encontraré?

No me costó mucho espiar minutos después sobre la vertiente del Río Yaque, mirando desde algún satélite anónimo las aguas donde alguna vez hice chapuzón y anduve cerca del ahogo. Miraba a Santiago de los Caballeros, mi ciudad natal, desde muy arriba – y de repente descubría que me hacía falta.

Miré desde la órbita del mundo hacia esa avenida que tantas veces recorrí sobre el transporte público y que más de una vez caminé sosteniendo alguna cruz o alguna vela en cualquiera de tantas procesiones de semana santa: y por ella llegué después de todos estos años hasta mi barrio, Los Quemados. Pude descender hasta las cinco o seis calles donde transcurrió mi niñez y ver allí el nuevo techo --ya de concreto y no de hojalata-- de la casa de esquina que alguna vez habité.

¿Cómo podría yo adivinar que la tecnología estaría hoy de parte de la nostalgia?

Vi mi barrio, mi escuela, mi campo de béisbol, mi calle, mi casa... No vi mis amigos, pero vi aquel rincón donde iba algunas tardes a contemplar el horizonte y a mirar el sol que se ponía. Vi la pequeñez del mundo, de mi mundo, y quedé trastocado: como si algo se hubiera quedado allí que ya nunca recuperaré.




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domingo, febrero 03, 2008

De los escritores dominicanos fuera de República Dominicana.

La escritura es un trabajo solitario, ya se sabe, aunque nada de lo que redacta el escritor se deriva de un proceso aislado. La vida, esa sucesión de causas y efectos en la que podemos ser efecto y causa, está presente en cada verbo, adjetivo y sustantivo, aunque se manifieste como una versión destilada por la imaginación. Es por eso que tanto los escritores que comparten una época como los que comparten condiciones de vida concuerdan en inquietudes y temas y llegan a conformar movimientos.

Es difícil, sin embargo, captar esa unicidad desde la intimidad del escritor y su página en blanco.

Le queda a los expertos identificar trazos comunes.

Una manera de hacerlo es en el estudio de la condición geográfica y cultural que llamamos nacionalidad. Las literaturas nacionales comparten sus temas, sus voces y sus tendencias, tomando como base la experiencia común que se da entre los cercos de una frontera. ¿Pero qué pasa cuando la nacionalidad no es algo tan definido, cuando es un punto de referencia que se esparce y se redefine como otra cosa que no es la afiliación obligada a un punto geográfico? ¿Qué sucede cuando la nacionalidad es el destierro? ¿Queda un hilo conectivo entre las voces?

Parece que sí, sobre todo si consideramos que mucha de la literatura “latinoamericana” se escribe fuera de América Latina. ¿Qué tan “latinoamericana” realmente es?

Rubén Sánchez Féliz, un joven narrador radicado en Nueva York, se propuso esta cuestión en lo que se refiere a lo dominicano: este destierro que no es del todo exilio político, que se tiende a llamar diáspora, pero que conlleva una pérdida de la patria material y la adopción por necesidad de identidades más complejas (o nebulosas). En estos casos, el destierro suele convertirse en la nueva identidad: un extranjerismo permanente.

Sánchez Féliz acaba de sacar a la luz su antología de narradores dominicanos: «Viajeros del rocío: 25 narradores dominicanos de la diáspora» y me atrevo a anticiparla aquí, aunque no la haya leído todavía, porque el autor tuvo a bien incluir en ella uno de mis cuentos: el más humilde y tal vez el más espontáneo de todos, sin que esto sea declaración de alguna falsa modestia.

Allí también hay escritos de Julia Álvarez, Junot Díaz, Franklin Gutierrez y René Rodríguez Soriano, entre otros narradores cuya trayectoria en unos casos y fama literaria en otros alcanza otros cielos por los que no he alcanzado a volar. Se habla de que esta antología reúne “los 25 escritores más representativos de la narrativa quisqueyana --o dominicana-- en la diáspora”.


Estos cuentistas responden a una necesidad interior y forjan, a través de sus textos, una relación con el país dejado atrás. Desde tierras extrañas, cada uno con su estilo, edifican sus "casas" mediante el ejercicio de la escritura. Aquí, la palabra escrita pasa a ser el hogar imaginario y, paradójicamente, real del escritor, se lee en la contraportada.


Resulta interesante vislumbrar que aquella vez que me senté a escribir, sin saber del todo qué me proponía, ello formara parte de alguna invisible relación que todavía no alcanzamos a comprender.

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miércoles, diciembre 12, 2007

Un libro verdaderamente abierto.

Soy de los que prefieren escribir y esconder la mano. No me gusta hablar de mis escritos con otros que no sean los amigos más cercanos. Esto, por varias razones: la timidez que me es natural; el deseo de preservar la magia de un escrito; la convicción de que lo que tenía que decir lo dice el relato; la seguridad de que no soy un erudito; y, muy en especial, la aspiración de ofrecer lo que hago y dejarlo abierto a interpretaciones.

En pocas palabras, cobardía.

Además, soy un aprendiz, y se aprende más observando que hablando.

Pero no puedo contener en estos días una actitud más abierta y temeraria, que no sé de dónde viene. Tal vez es el resultado de una aceptación (quizás temporaria) de quien soy, con todos los defectos, virtudes y enredos incluidos. Por eso he puesto aquí mi nombre y descartado el seudónimo. Y estaba en la mejor disposición de decir que sí cuando se me invitó a un evento que reunirá, en mi país adoptivo, a escritores de mi país natal.

La invitación viene de buena fuente. José Carvajal, un periodista y escritor que conocí hace más de una década en Nueva York y que por años ha editado el portal literario de Librusa, está al frente de la Seccional de la Florida del Colegio Dominicano de Periodistas que organiza esta Primera Feria del Libro Dominicano. La feria se dedicará al escritor René Rodríguez Soriano, un tipo muy sencillo con quien comí mangú y compartí algunas impresiones hace unos meses. Acaba de ganar un premio de novela en República Dominicana. Tras seguir sus vueltas por varios años, sé que ha sudado para ganárselo. Enhorabuena doble-erre-ese (así le llamo).

Será un honor participar, y contribuir en lo poco que pueda al inicio de este diálogo desterrado, o destierro dialogado. Aprovecho para extender la invitación a quienes estén por estos predios floridanos el próximo febrero.

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domingo, agosto 26, 2007

'La condición de ser dominicanos'.

Este es el Blog de la Semana en Blogs Dominicanos, que yo describiría como un índice de bitácoras por aquellos que compartimos “la condición de ser dominicanos”, como le llamó el presidente Leonel Fernández en un momento de extraña candidez.

Agradezco al sitio y doy la bienvenida a quienes lleguen por su enlace.

Diré algunas cosas sin exagerada nostalgia y a pesar del peligro de pecar de patriota: vengo de un barrio de Santiago de los Caballeros donde creo que nadie me lee, aunque las vivencias de aquellas calles estrechas continúan en mi.

Bailo merengue, juego pelota y como arroz y habichuelas. Soy un estereotipo. ¿Es eso identidad o condición?

Varios mundos nos tocan y nos afectan: el de la España distante, la Africa intensa y, sí, los Estados Unidos necesarios. Algo de indígena rebelde quedará.

Somos un accidente a la par de una identidad. Pero un accidente de injustificada alegría e inexplicable despreocupación que a veces me ancla en otro mundo, diciéndome: Se puede vivir como si lo que uno hiciera importara más que nada, aunque ello no trascienda.

El origen es un eco común -- algo que yo oía cada vez que pasaba por un parque solitario de Manhattan y veía allí la estatua exilada de Juan Pablo Duarte, considerado padre de la patria, aunque yo diría que más bien es hijo de ella. Aquella representación de piedra me traía unas palabras que Duarte escribió y que permanecen como una fuente de sentido: “Sed justos, lo primero, si queréis ser felices”.

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