El final de una historia.
Estoy pensando en el final. Ese momento en que un artículo, un cuento, una película o una novela llegan al signo de puntuación más simple y radical de todos. Se acaba el relato y sabemos cuál será el destino de los sujetos o personajes.
Un final puede arruinar una historia y dejarnos con la convicción de que perdimos el tiempo. O puede ser la remuneración que se nos da por seguir el hilo de una narración. ¿Cuáles son los elementos de un buen final? ¿Cuáles son las historias que resuenan en nosotros más allá de la última palabra? ¿Qué hace que otras desaparezcan en el desencanto?
No es solamente el final. Hay mucho más que eso en un relato exitoso. Pero esas últimas palabras acentúan el valor de una historia cuando son las correctas, como estas que constituyen mi final favorito en el relato de la muerte del «Pedro Páramo» de Juan Rulfo: "Se apoyó en los brazos de Damiana Cisneros e hizo intento de caminar. Después de unos cuantos pasos cayó, suplicando por dentro; pero sin decir una sola palabra. Dio un golpe seco contra la tierra y se fue desmoronando como si fuera un montón de piedras".
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