sábado, septiembre 22, 2007

La 'suma prontitud de ánimo'.


Yo era un muchacho de algunos diez años que acababa de cometer una travesura. Mi madre se cernía sobre mi. Yo encogía mi cuerpo y escondía mi cabeza bajo los brazos en postura defensiva. Pero el golpe no llegó.

Dos mujeres estaban a la puerta con Biblias en mano y sonrisas forzadas. Mi madre no tuvo el valor de golpearme delante de ellas. Eran Testigos de Jehová y venían --en el momento más oportuno e inoportuno, dependiendo de quién lo dijera-- a predicar sobre el Reino. Nadie las había invitado.

Tal vez por esa gratitud postergada no me molestó cuando en la peor hora de la mañana --ese momento en que uno quiere organizar su día-- llegaron dos hombres a la puerta, con Biblias en mano y el mismo fin de hace todos esos años.

Mi compañera decide que no quiere nada que ver con estos evangelistas y se esconde en una parte de la casa desde donde puede oir sin tener que participar. Sabe que no sólo voy a abrir la puerta, sino que además los invitaré a que pasen y que me enfrascaré con ellos en una charla que no es otra cosa que un callejón sin salida.

Hace días que nos viene rondando esta pareja de Testigos. Ella los ha evitado y ha concertado citas en otros lugares, lejos de casa, precisamente a esa hora en que sabe que vendrán. Yo esperaba esta oportunidad. Pienso que estos dos no saben en el rollo que se han metido, mientras los invito a ocupar un sofá.

Conozco bastante de los Testigos de Jehová. En mi adolescencia no encontraba mucho material de lectura, así que aceptaba con alegría y anticipación las ediciones en español de La Atalaya y ¡Despertad! que una vecina me cedía.

Pero no hay duda de que no comparto ni me interesan mucho sus creencias: Su convicción que que poseen la verdad; ese enfásis en la cita bíblica; las disputas de tecnicismos como que Jesús no murió en una cruz sino en un madero y que es Jehová y no Yaveh. Ni la idea persistente de que vivimos en los Tiempos del Fin; ni el paternalismo de considerar que los adeptos de otras religiones no-cristianas son una especie de hermanos menores que necesitan de su auxilio. Y mucho menos ese afán de ganar adeptos para el paraíso que pintan en sus revistas.

En fin, veo a los Testigos como gente de mente muy cerrada.

Le digo esto a ellos. Les expreso con claridad que no me van a convertir a su religión porque no creo que ellos son poseedores de la verdad y porque mi entendimiento de lo que ellos llaman Dios --o Jehová, para ser exactos-- no se limita a la interpretación estrecha que ellos poseen. Ellos no dejan de sonreir, pero sus mejillas pierden algo de elasticidad.

Creo que he dicho suficiente para defraudarlos. Pero no. El que no sabe en lo que se ha metido soy yo. Me sorprende la facilidad con la que pueden, de memoria, referirme a versículos bíblicos que rebaten todo lo que he dicho, punto por punto.

En particular me llamó la atención el hecho de que ellos no solamente no contradijeron mi deseo de tener "una mente abierta" al entendimiento de lo divino, sino que buscaron prueba bíblica de que esa es una cualidad que ellos favorecen -- porque, al fin y al cabo, si no fuera por la gente de "mente abierta", quién abriría las puertas a los pobres Testigos de Jehová.

Me llevaron al libro de los Hechos de los apóstoles, que cito aquí de la Biblia de los Testigos («Traducción del Nuevo Mundo de las Sagradas Escrituras»), que una vez me regalaron otras dos señoras de la misma religión. En su estimación lo que yo llamo "mente abierta" es la "suma prontitud de ánimo" de este pasaje:

"Inmediatamente de noche, los hermanos enviaron a Pablo así como a Silas, hacia Berea, y estos, al llegar, entraron en la sinagoga de los judíos. Ahora bien, estos eran de disposición más noble que los de Tesalónica, porque recibieron la palabra con suma prontitud de ánimo, y examinaban con cuidado las Escrituras diariamente en cuanto a si estas cosas eran así. Por lo tanto, muchos de ellos se hicieron creyentes, y también no pocas de las mujeres griegas estimables, y no pocos de los varones".


Luego estos Testigos recurrieron a dos puntos que son difíciles de rebatir. Uno, que el infierno que se inventaron los católicos es una historia que usan para meter miedo. Dos, me preguntan si no me gustaría vivir en un paraíso lleno de paz, armonía y felicidad como esos que ellos pintan en sus revistas. Claro que no existe ese lago de azufre, digo, y sí, admito que se ve muy bonito ese paraíso multiracial, aunque yo lo considere otra fantasía.

Cuando protesto que la Biblia la escribieron otros hombres, como ellos y yo, ellos hablan de la inspiración divina. Cuando cuestiono por qué no puedo yo tener esa inspiración divina no me contradicen, pero afirman que ya todo lo que se tenía que decir está en esas páginas.

Mientras ellos profundizan, armados de citas bíblicas, me doy cuenta de que esta es una discusión que no puedo ganar. Ellos están preparados para mi suma prontitud de ánimo. De hecho, quieren volver a hablar "unos cinco minutos" la siguiente semana.


Este comentario es parte de «El deseo de pertenecer», una serie ocasional sobre la fe, la religión y el culto que se manifiestan como el deseo de pertenecer a algo mayor que nosotros mismos.

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sábado, agosto 18, 2007

La bendición del pastor.



Uno de los pastores cuyas iglesias visité en mi exploración de temas religiosos encontró el relato que hice de mi visita a su iglesia, aparentemente porque tiene la costumbre de buscar lo que se escribe de él y su templo en la red (a este hábito narcisista le llamamos “guglear” --es decir, buscarse en Google-- en el azarozo Spanglish que se nos hace imposible evitar).

Recibí un correo del sorprendido pastor en que me preguntaba, así a quemarropa, si había algo más que pudiera hacer por mi alma. Propuesta interesante, diría yo, aunque igual de pretenciosa.

De primer instancia, asume que mi alma necesita algún reparo (por no decir “salvación”). Pero lo que más me sorprende es que el lenguaje vernáculo de este pastor incluye la suposición inequívoca de que él puede ofrecer ese ungüento sagrado que me pueda elevar más allá de este orden terrenal de cosas. En pocas palabras, el pastor se siente poseedor de la verdad.

Contesto que realmente no necesito que haga nada por mi, y explico que mi visita por su iglesia fue parte de este experimento de búsqueda en el que realmente no espero encontrar nada (imagino que el pobre pastor se rascaría la cabeza en este punto). El siguiente correo llega menos de veinticuatro horas más tarde, invitándome a una reunión en privado con el pastor.

Cualquier persona que no ande buscando conversión, diría que no y terminaría el intercambio electrónico con algún saludo cortés. Pero decido ir, porque considero que todo experimento abre nuevos caminos que son dignos de recorrer, si uno de veras quiere aprender algo de ello.

Acordamos que nos veremos un sábado, después del servicio semanal, en su iglesia. Le digo en términos nada dudosos que ni siquiera intente convertirme a su religión porque perderá el tiempo. Busco el propio camino y no el que otros me quieran trazar. El pastor dice que está bien.

El pastor quiere saber por qué no me convenció su iglesia. Le digo que no se ofenda, pero que no me interesa mucho la religión organizada, y empiezo a citar razones históricas y filosóficas que van desde la corrupción eclesiástica hasta el pensamiento tribal que hace que cada grupo se crea poseedor de la única y dogmática verdad (registrada con derechos reservados y patentes, si fuere necesario). Pude pasarme la tarde hablando, pero por decencia limité mi perorata a unos diez minutos.

El pastor no puede remediar esos conflictos de siglos, así que mejor me habla de los programas comunitarios que ofrece en la iglesia, desde la guardería infantil hasta el jueves de libros. Al final me dice que el hecho de que yo emprenda esta exploración en busca de sentido es un llamado de la divinidad misma que, casualmente, me trajo hasta las puertas de su templo. Me deja con ese pensamiento.

Luego, me cuenta de su lucha por erigir esa iglesia, y del sueño visionario que le mostró una sala hecha de cristales, como resulta que es la oficina que ahora ocupa en un salón que se construyó para otros fines. La ventana es hecha de unos cubos de vidrio que refractan la luz.

Estamos bañados por esa luz y sudando como dos titanes que libran una batalla en la que ninguno saldrá triunfador. Me recuerda, por asociación, esa historia bíblica de Jacob peleándose toda la noche con un ángel, sin que ninguno lograra imponerse del todo sobre el otro. Lo único que Jacob le sacó al ser alado fue una bendición, que tal vez es decir mucho cuando viene de la divinidad.

“Cuando Jacob se quedó solo, un hombre luchó con él hasta que amaneció; pero como el hombre vio que no podía vencer a Jacob, lo golpeó en la coyuntura de la cadera, y esa parte se le zafó a Jacob mientras luchaba con él. Entonces el hombre le dijo 'Suéltame, porque ya está amaneciendo'. 'Si no me bendices, no te soltaré', contestó Jacob”.

Génesis, Cap. 32, vs. 24-26.


El pastor me invita a que oremos. Es algo que yo preferiría no hacer, pero me dejo llevar. Nos tomamos de las manos en la soledad de aquel cuarto traslúcido, cerramos los ojos, y oramos. El pastor termina dándome la bendición. La acepto con un amén.


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sábado, febrero 24, 2007

Un gentil entre los judíos.

Podía sentarme en cualquier parte de la sinagoga, a pesar de estar allí solamente como invitado, pero escogí un amplio balcón que se encontraba vacío. Desde allí vería todo, como si estuviera fuera de ello.

Era mi primera visita a una sinagoga y no sabía qué esperar. Escogí una de las que pertenecen al judaísmo de reforma que es la denominación más grande de judíos estadounidenses. A medida que aprendí algunos detalles de esta denominación detecté también la influencia del pensamiento occidental en esta tradición, tal y como sucede con varias denominaciones protestantes que lograron su auge en Estados Unidos.

Los judíos de reforma son unos tipos liberales. Conceden libertad de pensamiento a sus miembros, de manera que aunque en la sinagoga existe la autoridad del rabino, en la mente de cada cual se determina cómo llevar las observaciones de la tradición en sus vidas y cómo entender el Torah --el equivalente de la instrucción o enseñanza que se encuentra en los libros del Génesis, Éxodo, Levítico, Números y Deuteronomio de la llamada “Ley de Moisés” o Pentauteco.

Estos judíos han ido más allá que los católicos y muchos protestantes en adaptar sus creencias a los tiempos, a pesar de partir ellos de una parte de las Escrituras que muchos de sus primos cristianos considerarían anticuada. Vienen del tiempo de aquel Dios vengativo del desierto.

El movimiento de reforma, por ejemplo, admite la igualdad de los sexos en vez de reservar el rabinado para los hombres. Estos judíos aceptan las costumbres de la vida moderna, desde el vestido hasta la tecnología. También tienen un compromiso social.

De hecho, este templo donde me encuentro denunció la cacería anticomunista que se dio en Estados Unidos en los cuarenta y los cincuenta. Este templo criticó el racismo durante la lucha por derechos civiles de los afroamericanos. Martin Luther King Jr. habló entonces desde su púlpito. Y, ahora, en esta época de antiterrorismo, la sinagoga mantiene relaciones abiertas con una mezquita y su imam.

Pero hay algo en lo que estos judíos no ceden, y son ciertos principios de fe. Para ellos, hay un sólo Dios, y es el mismo Dios que guió a sus antepasados fuera de Egipto. Es decir, un Dios que llamó a los judíos su “pueblo escogido”. Y los creyentes de este templo, al igual que los judíos de otras denominaciones, esperan todavía al Mesías. En ese sentido, la diferencia entre los de reforma y los más ortodoxos radica en que los primeros no esperan necesariamente a un Escogido de carne y hueso, sino un principio renovador que puede expresarse a través del mismo pueblo de Israel.

En fin, este templo no es un lugar que repele a una persona de pensamiento postmoderno, por llamarle de alguna manera. Incluso su pronunciación de fe admite otras posibilidades de culto: “Afirmamos la realidad y unicidad de Dios, aunque diferamos en nuestro entendimiento de la presencia Divina¨.

Pero a pesar de su amplitud de ideas, hay un asunto de dogma que continúa en el trasfondo: la distinción entre “judíos” y “gentiles”. Decir “gentil” es decir “no-judío”. Es decir, continúa una forma de entendimiento que efectivamente clasifica a la humanidad entre “nosotros” y “ellos”.

Aunque a un gentil, como yo, se le admite como miembro del movimiento --tras convicción personal, circuncisión en pacto con Dios y baño ritual por inmersión-- como una especie de judío adoptivo, todavía existe esa separación conceptual.

Sin embargo, desde aquel balcón, el ritual, la lectura sagrada, el cántico solemne, me parecieron muy cercanos, como si por regla todos los que conocemos la experiencia cristiana tengamos en sí mismos algo de judíos.

Aquellos hosannas que se usan para aclamar la divinidad son también parte de mi léxico. La historia del pueblo que cruza el desierto y atraviesa el mar para huir de la esclavitud me parece muy mía, muy de todos. La reverencia al Torah, cuya simple exhibición requiere que la congregación se ponga de pie, me habla de una apreciación casi literaria por el relato. Sus historias son como un código genético que nos cuentan de la fortaleza humana ante los accidentes de la existencia.

Esa misma historia que se convierte en relato devocional explica la evolución del judaísmo, casi como una defensa ante un génesis y un éxodo que son la marca característica de una humanidad en flujo constante.

En ese sentido, todos somos judíos.



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domingo, abril 16, 2006

El diseño divino en pantalla de plasma.



Se deslizó una compuerta por encima del altar, como sucedería en un episodio de ciencia-ficción, a lo Star Trek. Detrás, dos hombres, vestidos en blancas sotanas, estaban inmersos hasta el pecho en una alberca de cristal.

Uno de ellos, un diácono, ayudó al otro a sumergirse de espaldas. Lo vimos hundirse y emerger sonriente, con el agua a chorros.

Acababa de cumplirse el rito más importante de la religión bautista: el bautizo por inmersión, tal como ellos dicen que sucedió en los tiempos de Jesús.

No cuesta mucho concordar con ellos cuando profesan que ese rito es un acto simbólico -- y que, por tanto, no tiene sentido que un niño pase por el sacramento. Hay que tener uso de razón y una “edad de responsabilidad”, dicen ellos, para aceptar la salvación. Antes de que se fragüe ese juicio, a uno le pertenece el reino: interesante paralelismo a la enseñanza de Jesús y a la pérdida de inocencia del Edén.

El baptismo acepta las Escrituras como única autoridad. El pastor es alguien que las presenta. Los diáconos y miembros del consejo se escogen por sufragio democrático. Sus iglesias son cuerpos autónomos y apolíticos.

Y está la mejor parte: el principio de la libertad del alma. En el mundo bautista se considera, en rasgos generales, que cada cual nace con el derecho de escoger su culto, o de no escoger ninguno.

Esta autonomía operativa, razonabilidad de principios y aferración a la letra explican por qué los bautistas se encuentran mayormente en Estados Unidos. Es el tipo de credo que puede adoptarse sin resquemores en una nación que se forjó en base a este tipo de principios: libertad de fe; una Constitución casi infalible; y un deseo de supeditar casi todo a la razón.

Pero esta iglesia donde presencié el bautizo se parece demasiado al estadounidense promedio, hasta el punto de que no hace más que reflejar su mundo circundante.

El servicio que siguió a la ceremonia parecía un programa de esos que se conocen como “Reality TV”, la modalidad de entretenimiento que consiste en seguir las vidas de gente ordinaria -- comprimidas y dramatizadas a una conveniente hora de duración, y presentadas como si fueran alguna especie de juego. Como si toda la vida fuera un juego.

El altar no era altar, sino una réplica teatral de una casa, con muebles, televisión y armario de ropa incluidos. Sobre el escenario, se suspendían esas pantallas de plasma que muchos templos de vanguardia usan para acompañar sus servicios de entretenimiento audiovisual. La música no era de órgano ni piano, sino una combinación del pop melodramático y la rebeldía del Rock ‘n’ Roll. Solamente se necesitaba un par de porristas en falditas tachonadas para hacer religión estilo American Pie.

Sin dudas, esta iglesia evolucionada gusta. Los dos servicios de la mañana estaban llenos, mayormente de anglosajones en pareja. Y es tal vez porque a esta religión al estilo norteamericano no le faltaba el tinte paternalista de los libros de autoayuda.

Más que proveniente del evangelio, el tema parecía desprenderse de los libros de John Gray, aquel que dijo que los hombres son de Marte y las mujeres son de Venus. “Ya sabemos que los hombres y las mujeres son diferentes, descubramos por qué”, decían los panfletos de la iglesia. Sería toda una semana para discutir el “diseño divino” -- que no es más que la historia de que Dios es un ingeniero que nos hizo (hombre y mujer, nos hizo) para que fuéramos lo que somos.

Uno de los temas en agenda para esa serie: Los sí y no de la moda.

Lo juro, hablo de una iglesia, aunque no parezca.

El pastor, más que dar un sermón mostró (en pantalla gigante y con sonido estéreo) su propio “reality show”, un cortometraje sobre un día en que él y su esposa invirtieron papeles. Y a él, por supuesto, le tocaron esas tareas del estereotipo femenino: hacer desayuno, llevar los hijos a la escuela y limpiar la casa, para terminar el día cansado y sin deseo de intimidad. Vaya sorpresa.

El único momento en que el pastor se acercó a alguna cuestión vital fue cuando se refirió a la tradición de “spring cleaning” de la clase media estadounidense, cargada como está --esta pobre gente rica-- por su pesado cuerno de la abundancia. Aunque sea a crédito. Hablaba de la “limpieza de primavera” que se da cuando las personas en esta situación de comfort miran el desorden de objetos que acumulan en sus casotas y --sintiendo tal vez un vacío de significado-- deciden simplificar sus vidas. Esto lo hacen botando o vendiendo lo que les sobra. Y otros, que están en la misma situación, les compran sus tiestos en “garage sales” o por Ebay; y los primeros compran las basuras de otros, de manera que, al final, todo queda igual de abarrotado. Salen unas cosas y entran otras.

El pastor decía que cuando uno mira el desorden que tiene en su garage no sabe por dónde comenzar, como suele sucedernos en la vida:

—¿Adónde comienzo? --decía-- La vida se vuelve tan desordenada a veces, por todas las cosas que acumulamos y arrastramos, que es difícil saber siquiera por dónde comenzar.

Pero en vez de explorar más esa cuestión, ese vacío, el pastor dejó que el coro cantara una alabanza mientras el público seguía las letras en las pantallas. Esta era su oferta, una mezcla de realidad manufacturada y karaoke espiritual.




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viernes, abril 14, 2006

Viernes Santo, un año atrás.

Hace un año escribía yo -- aquel yo -- una carta a alguien, en Viernes Santo, y esto fue lo que salió, que no es lo que saldría si lo escribiera hoy:

Es viernes santo y, aunque no creo en nada, recuerdo aquel espacio de mi niñez en que el ambiente trastocado de la fe me hacía creer que este día realmente era especial. Era el único día del año en que las emisoras de radio silenciaban la cacofonía de merengues para poner música de muertos, como le decíamos entonces a los clásicos. Ese día no se trabajaba, ni siquiera para barrer el polvo fino que se asentaba en la madera oscura de las mecedoras. Ese día comíamos habichuelas con dulce y galletitas de leche. Ese día nos portábamos bien y guardábamos luto.

Se decía que si en ese día se arrancaba de raíz una planta que se llama “Cardo de Cristo” saldría sangre de sus raíces y tallo espinoso. La sangre de Cristo. Ese día la misma tierra estaba viva y tenía uno que cuidarse de no pisar muy duro para que no le doliera al ser sagrado que la habitaba.

Aquello parece otra vida que tuve hace siglos, aunque no hace tanto. Y es tal vez en esa vida donde se encuentran también mis raíces narrativas. Una parte de mi todavía ve el mundo como un gran ser vivo que está lleno de misterios. La otra parte, tallada por más de una década de experiencia periodística, es completamente escéptica y hasta cínica.

Escribo desde esos dos polos, sin que haya todavía un balance.





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jueves, abril 06, 2006

El cristianismo no es lo que parece.

Los noticieros del mundo amplificaron hoy el anuncio de la traducción del Evangelio de Judas, un documento antiguo que estuvo en manos de coleccionistas. La causa de alarma es que este escrito apócrifo —que no debería significar “falso” sino “secreto”— presenta una versión distinta del drama cristiano: una en la que Judas no es traidor, sino tal vez el discípulo más comprometido — porque desempeña un papel crucial y acordado para que se cumpla lo que se tiene que cumplir en la inmolación del Mesías.

Esto no es nada nuevo. Hace décadas que existe una nutrida colección de evangelios apócrifos que se descubrieron en Nag Hammadi y presentaron al movimiento cristiano primitivo a través de los evangelios secretos de Tomás, Juan, e incluso María Magdalena. Se sabía que el de Judas existía. Ese era el gnosticismo de la era formativa del cristianismo, un misticismo de diversas visiones que en última instancia enfatizaba el derecho del ser humano a experimentar la verdad divina en sí mismo.

En el campo del ensayo existe un libro mayormente desconocido, del escritor dominicano Juan Bosch, que me pareció brillante en su tiempo. Se titula «Judas Iscariote, el calumniado», donde Bosch presenta una trama alternativa del discípulo que las iglesias aprendieron a odiar. Allí decía Bosch que “el amor une, pero no fanatiza; lo que fanatiza es el odio”. Asunto para reflexionar.

¿Y qué tal la interpretación literaria (y visionaria) que ofrecía el novelista Nikos Kazantzakis en su obra «La última tentación de Cristo», que se convirtió en una película condenada por los quemalibros?

En ella, Jesús instruía a Judas, diciéndole (es mi traducción del inglés):

“No grites, Judas. Este es el camino. Para que el mundo se salve, yo, de mi propia voluntad, debo morir. En un principio yo mismo no lo entendía. Dios me ha enviado señales en vano: a veces visiones en el aire; a veces sueños mientras duermo; o el cadáver del chivo en el desierto con todos los pecados de la gente alrededor de su cuello. Y desde el día que salí de la casa de mi madre, una sombra me ha seguido como a un perro o a veces ha corrido frente a mi para mostrarme el camino. ¿Cuál camino? ¡La cruz!”


Este tipo de sugerencia ya se encontraba también en esos escritos secretos del cristianismo que quedaron excluidos del canon que aceptan —ciegamente, diría yo— las iglesias.

Ahora los estudiosos de estos asuntos confirman, en base a manuscritos antiguos, una versión parecida —y digo “una versión” no un relato cierto, porque todas las escrituras no son más que eso: versiones— a las de escritores como Bosch y Kazantzakis.

En fin: el cristianismo original se parecía poco al de ahora, porque admitía diversidad espiritual y no le quitaba al ser humano la dignidad de encontrar la salvación sin necesidad de intermediarios. Al contrario, la religión era para vivirla en carne propia.

Como decía Jesús en El Libro Secreto de Santo Tomás, otro de los evangelios suprimidos, al explicarle a sus discípulos el Reino de los Cielos:

“Qué vergüenza de ustedes que necesitan de un defensor. Qué vergüenza de ustedes que esperan necesitados de la gracia. Benditos sean aquellos que hablan y que adquieren la gracia por sí mismos”.


Pero los cristianos son los primeros que no conocen su historia — y, si la conocieran, yo sostengo que muchos no serían cristianos. A mi me ha inquietado hace décadas el hecho de que el cristianismo que tanto nos influye es una supresión del cristianismo original. Es una reducción y una dogmatización de la espiritualidad.

Ojalá y todo este revuelo sobre el otro Judas ilumine un poco a quienes se atreven a asegurar que la Biblia manufacturada de nuestros días, y los cultos que resultan de ella, son asunto infalible. Pero lo dudo. El fanatismo es demasiado fuerte.




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domingo, febrero 19, 2006

El espíritu de gozo en una bolera.



No sabía qué esperar de los luteranos. Conocía muy poco de ellos, a pesar de que son la rama del cristianismo que se desprendió de una de las rebeliones más importantes de la historia occidental. Hablo de la Reforma que originó el teólogo Martín Lutero a partir del siglo dieciséis, cuando criticó las práctica de vender indulgencias a cambio de la salvación y cuestionó otros principios de fe dentro del catolicismo todopoderoso de la época.

Es a Lutero a quien debemos todas las tradiciones protestantes que se separaron del catolicismo y es a Lutero a quien debemos la disponibilidad en idiomas de uso común del conjunto de textos que se conoce como la Biblia -- base de numerosas interpretaciones, así como también (nos guste o no) de la moralidad de todas las naciones de América, muchas de Europa y otras alrededor del mundo.

A Lutero, en fin, le debemos el resurgimiento del cristianismo como un movimiento mayor que el catolicismo. El luteranismo es, pues, la versión evolucionada de la fe que Lutero vislumbró cuando inició su separación de la tradición eclesiástica a la que él mismo perteneció.

Pero nunca imaginé el luteranismo de esta manera, más cercano al talk show televísivo que al púlpito tradicional. Asistí hoy a la Iglesia Luterana Espíritu de Gozo (“Spirit of Joy Lutheran Church”) al este de Orlando, escogiéndola al azar para iniciar --según anticipé en un comentario reciente-- esta exploración del deseo de pertenecer que nos atrae desde tiempos inmemoriales a los templos. Lo que me atrajo de esta iglesia en particular, a la hora de comenzar esta excursión espiritual, fue la conveniencia de horario y que ofrecían un “servicio contemporáneo” al que especifican que se asiste en ropa casual y, por lo tanto, en una atmósfera un tanto más relajada que la que se asocia con las iglesias.

Para alguien que no asiste por gusto a cualquier iglesia en algunos dieciséis años, como yo, se vuelve un reto traspasar siquiera el umbral de un templo, y aún mucho más comprometerse al rigor del servicio, a las miradas extrañas e, incluso, a ceder a la posibilidad de que crees en algo. Me perturbaba la posibilidad de que se esperara de mi alguna especie de conversión.

Desde que llegamos (digo “llegamos” porque esta es una exploración en la que participo con mi esposa e hijos) al estacionamiento hasta que cruzamos la puerta y nos escondimos en algún lugar de la librería supimos que los demás nos reconocían como extraños -- y nos trataban con una amabilidad realmente sospechosa. Me dieron tantos buenosdías que para cuando llegamos al interior ya no los contestaba. Simplemente sonreía. El evento era tan casual que nosotros -- acostumbrados a la ropa dominguera de la cultura católica -- éramos los mejor vestidos, aún en nuestra versión casual. No digo esto para alardear, sino porque era otra de esas señales que anunciaba nuestra extrañeza.

La amabilidad que nos atosigaba era más notable porque todos se ponían etiquetas en las que figuraba el nombre, de manera que los saludos ya no eran los simples buenosdías, sino “Buenos días, VICTOR. Bienvenido a la iglesia”. El pastor, Jeff Linman, nos saludó personalmente. Definitivamente, no había manera de pasar desapercibidos.

Sin embargo, no duró la incomodidad. Una señora de claros antecedentes alemanes, como el mismo Lutero, nos puso conversación -- y resultó que teníamos en común la procedencia de estados más fríos y la estadía anterior en un pueblecito del oeste de Virginia que se llama Roanoke. Hablamos un rato de la iglesia, de Roanoke, del once de septiembre. Lo bueno de esa conversación, que a mi me pareció genuina, es que en ningún momento se discutió el enredo la fe.

Nos enteramos que la iglesia en que estábamos fue una bolera hasta unos meses atrás, y que la congregación trabajó para transformarla en un templo, con escuela dominical y guardería incluidas. Eso me explicó porque dos bolos dorados decoraban un mostrador (ya pensaba yo que los bolos no eran ningún símbolo cristiano) y me hizo sentir admiración por la pequeña congregación.

Lo interesante fue el servicio. Entramos a lo que antes eran los carriles para el boliche, ahora transformados en una rampa que descendía hacia un sencillo altar -- una mesa de madera sin otras decoraciones que un par de velas y una cruz sin ornamentos. Encima del altar había una pantalla que constituía parte de un sistema audiovisual, y a los lados del altar el equipo de música de la iglesia, con baterías, guitarras eléctricas, un piano y la línea de micrófonos tras los que se presentaba un coro de tres personas. La música irrumpió con una alabanza animada hacia la fe, mientras en la gran pantalla se proyectaban imágenes de cataratas, montañas y horizontes llenos de color, luz y armonía.

A eso se añadió el estilo relajado del pastor, que en un momento tierno se recostó sobre el piso para charlar con los niños. Les comentó en lenguaje sencillo sobre el que sería el tema de su sermón: ¿Por qué cielos estamos en la Tierra?

Tamaña pregunta.

Es de esperarse que el pastor dijera que Cristo es el único que puede contestar ese cuestionamiento, pero no lo dijo de una manera muy insistente ni textual. Explicó luego que empezaba una serie de exploraciones en torno al tema, fundamentadas en uno de los libros más vendidos de los últimos dos años en Estados Unidos: «Una vida con propósito: ¿por qué estoy aquí en la Tierra?» («The Purpose-driven Life: What on Earth Am I Here For?») del también pastor Rick Warren -- aunque ese lideréa una iglesia bautista (es decir, no luterana) en el sur de California.

Puede parecer chistoso, pero el pastor de esta iglesia respondió a ese cuestionamiento existencial con una imagen que sacó de los dibujos animados, nada más y nada menos que de Popeye, el marinero comespinacas. Contó como entre Popeye, Olivia y Brutus existía una tensión en la que Brutus siempre llevaba a Popeye hasta el punto de que aquel reventaba y decía que “no podía aguantar más” (“...can't stands this no more”) y en base aquel impulso (¿de desesperación?) se convertía en el héroe que salvaba el día. Un héroe titubeante. Si nos falta propósito en la vida, decía el pastor, tenemos que mirar de igual manera a los desarreglos del mundo que no podemos soportar (ya sea la pobreza, la guerra, la injusticia, para poner unos ejemplos) y que en eso que nos agita encontraremos un propósito para batallar, dar lo mejor de nosotros y, en fin, servir por nuestras acciones la gracia de Dios.

Nunca imaginé esta actitud de los luteranos, a quienes por la seriedad de su fundador (y los chistes que de ellos se dicen por otros lados) yo concebía como un grupo de personas rígidas y aferradas a la interpretación del texto. Encontré todo lo contrario: una disponibilidad a mirar hacia otros lados (incluso hacia iglesias “rivales” como los bautistas o hacia fuentes tan triviales como un viejo programa de dibujos animados) para encontrar la inspiración. No sé si esta es la norma de los luteranos, tampoco si era lo que Lutero tenía en mente, y desconozco si este es solamente el ambiente del templo que antes fue bolera, pero para mi fue una experiencia refrescante -- que por momentos me hizo pensar en una fe tolerante y abierta a otras interpretaciones de la vida.

El pastor, además, formulaba las preguntas correctas, porque si hay algo que debería competerle a una iglesia es qué cielos hacemos en este mundo, por qué estamos aquí, quiénes somos. Lo único que me disgusta es que a esa exploración se le condicione a una sola respuesta posible.

A pesar de eso, cuando llegó el momento de tomar las manos de otros en oración lo hice sin dudas. Visualicé de nuevo esas montañas, esos cielos y esas cataratas que se veían en la pantalla cuando la canción de entrada hablaba de Dios.



“¿Qué quiere decir tener un dios? ¿O, qué es Dios? Respuesta: un dios significa aquello de lo que esperamos toda bondad y en lo que buscamos refugio en horas de desesperación, de manera que tener un Dios no es nada más que confiar y creer en El con todo el corazón; como he dicho con frecuencia, que sólo la confianza y la fe del corazón hacen tanto a Dios como al ídolo”.

Martín Lutero.





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jueves, febrero 09, 2006

El deseo de pertenecer.

La religión es uno de los temas más incómodos para mi. Me fastidia que alguien me pregunte a cuál iglesia pertenezco, igual que me importuna cuando alguien quiere que le revele mi salario. La razón es porque quienes hacen esas preguntas en la mayoría de los casos lo que quieren es juzgar. Quieren determinar el valor de la persona con quien hablan.

Lo peor es que no quieren respuesta. Son como el vendedor que busca un enganche -- igual que una señora que me detuvo el otro día en el estacionamiento del supermercado:

-- Hijo, ¿no te gustaría vivir en un lugar como este? -- me preguntó.

Levantaba una revista para que la viera. Mostraba una escena en la que hombre, mujer y niños reposaban sonrientes alrededor de leones, tigres y fieras apacibles. Estaban de picnic en un campo abierto. Había todo tipo de alimentos sobre un mantel. El cielo se veía resplandeciente.

-- No --le dije de una vez--, no quiero vivir en un lugar como ese, porque ese lugar no es nada más que un dibujo.

Otros exhiben todo el interés de sacarme de las llamas del infierno. Lo que molesta no es la buena voluntad, sino que ellos suponen que quienes no siguen su religión de misa y domingo están condenados.

Aprecio los mitos de varias religiones, pero me deshice hace tiempo de la idea de que un grupo tiene los derechos reservados a la verdad. Todos tenemos derecho a la dicha espiritual.

Y, sin embargo, a veces siento la necesidad de pertenecer a algo mayor que mi mismo, porque estamos hechos para la vida en comunidad. Las iglesias son unos de los pocos lugares que suplen esa necesidad en un mundo cada vez más fragmentado.

Solamente por eso me atraen.

Aun así, no satisfago el requisito de la fe ciega. Es por eso que, después de muchos años, asistiré pronto a servicios religiosos, pero sin que nadie me posea. No iré a quedarme en ningún lugar. Un domingo iré a la católica y otro a la espiscopal. Un día a la metodista y otro a la luterana. Un día a la pentecostal y otro a la bautista. Iré quizá a una mezquita y a un templo budista.

No sé hasta cuándo. Hasta que pierda el interés. Y compartiré aquí las observaciones que resulten de esa excursión.


Las paradas de la excursión:


  • Introducción: El deseo de pertenecer.
  • Luteranismo: El espíritu de gozo en una bolera.
  • Cristianismo: El cristianismo no es lo que parece.
  • Cristianismo: Viernes Santo, un año atrás.
  • Baptismo: El diseño divino en pantalla de plasma.
  • Judaísmo: Un gentil entre los judíos.
  • Budismo tibetano: La existencia más allá.
  • Cristianismo: La bendición del pastor.
  • Testigos de Jehová: La 'suma prontitud de ánimo'.






    Este comentario es parte de «El deseo de pertenecer», una serie ocasional sobre la fe, la religión y el culto que se manifiestan como el deseo de pertenecer a algo mayor que nosotros mismos.

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