Un Nobel para Chespirito.
Vivía en un barril, era tonto y tenía la cara llena de pecas. Pero también era inocente, muchas veces alegre, y casi siempre tierno. Era un niño pobre, aparentemente huérfano, que era el alma de su vecindad.
No hay que decir mucho para que cualquier hispanoamericano reconozca al Chavo del Ocho -- un personaje que nunca llenó los capítulos de algún libro, pero que se escapó de las páginas de los libretos para materializarse en las pantallas de las primeras televisiones de muchas casas, de norte a sur de este hemisferio y de otras latitudes tercermundistas.
El Chavo del Ocho es un personaje mítico, pero no era el único. Estaban sus vecinos, el don Ramón flaco y desempleado con su Chilindrina traviesa; doña Clotilde, la solterona desesperada que los niños calificaban de bruja; la doña Florinda de rolos y su Quico consentido, en amoríos con aquel profesor Jirafales que siempre andaba impartiendo lecciones; el don Barriga al que le iba mal en tantas visitas inefectivas para cobrar la renta atrasada; el cartero Jaimito que prefería evitar la fatiga -- y todo eso en un solo programa. Ni hablar del Chapulín Colorado, héroe del perfecto idiota latinoamericano; los loquitos de Chaparrón y Lucas; el doctor Chapatín; y los simpáticos rateros que dejaron para siempre la vida del crimen. O la Chimoltrufia que cantaba tan feo, “pos pa que te digo que no, si sí”.
Roberto Gómez Bolaños, el Chespirito que evocó ese mundo desde México, hizo literatura para la televisión. Eran comedias limpias que hacían reir a niños y adultos por igual. Tragicomedias que a veces hacían llorar tanto de risa como de lástima. Y aunque poco sé de Gómez Bolaños, excepto que se casó con la actriz Florinda que encarnaba a varios de sus personajes, entiendo que su influencia en la psiquis de América Latina fue grande. Y fue buena.
Si toda la televisión hubiese seguido el camino que Chespirito surcó -- aquel de reflejar tanto la flaqueza como la belleza humana, sin perder el cariño ni el sentido del humor -- no habría tanto desperdicio en ese medio masivo. Chespirito se rió de todo a través de sus personajes y trascendió su propio espacio. Se convirtió en un punto de referencia obligado para todos aquellos que crecimos en los barrios marginados de esa América. Porque en toda vecindad había algún Chavo, alguna Chilindrina, algún Quico y alguna bruja del setentiuno. Vernos como éramos era descubrirnos, que es el principio del aprendizaje y de la transformación.
Es por eso que me atrevo a decir que Chespirito -- cuyo apodo es la latinización de Shakespirito, el pequeño Shakespeare -- contribuyó más a la autorreflexión en América Latina que muchos novelistas, dramaturgos, cantautores y poetas. Roberto Gómez Bolaños anda por ahí todavía, aunque no se distingue si en sus tantos años tendrá la lucidez de antes, y valdría que se le reconociera como es debido. Pido un Nobel para Chespirito, literato popular. Tal vez así exprese de una vez por todas, en su discurso de aceptación, los principios que le inspiraron a engendrar esas criaturas que de seguro le sobrevivirán.
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