miércoles, junio 21, 2006

El canto desgarrador de una sirena.

Yo no creía en las sirenas, esos seres de pelo largo y desnudez que nadaban por los mares mitológicos. Yo no creía en las sirenas, hasta que oí una cantar.

La encontré una tarde cualquiera entre el mar de sonoridad de la música internacional. Su voz, lejana y cercana a la vez, no mentía cuando se desgarraba en cantar que su alma sangraba por alguna herida profunda.

Se llama Yasmin Levy y canta en un español desvirtuado por los siglos y la influencia hebrea. Pero esta cantante sefardí no necesita del perfeccionismo de la gramática ni de la pureza compulsiva del idioma académico para expresarse de una manera encantadora.

Dice el mito de las sirenas que el canto de aquellos seres prodigiosos era tan poderoso que los navegantes las seguían hasta sumergirse en el fondo del mar. Eran como la voz de la muerte misma. Pero muerte bella.

Así es la canción de Levy. Da ganas de llorar. Al oirla, uno quiere deshacer los entuertos que se cometieron contra esos judíos que fueron expulsados una vez de España y Portugal, pero que se llevaron el romance dentro.

Me gustan todas las canciones de su disco «La judería», desde su lamento gitano y despatriado hasta una de las versiones más embrujadas del himno latinoamericano que es «Gracias a la vida». En casi todas las canciones, Levy infunde significados que no están en las letras de las canciones. Pero es como si su voz se hubiera hecho para formular la pregunta de qué es el amor en la canción «Inténtalo encontrar».

“¿Y qué es el amor?” cuestiona con su voz palpitante. “Como todo lo que es bello no tiene explicación; es refugio y morada de algún soñador, que jugando a poeta quiso ser cantor”.


Para más información: http://www.yasminlevy.net/




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domingo, junio 11, 2006

Tenderete: España en el corazón.

España, cristal de copa, no diadema,
sí machacada piedra, combatida ternura
de trigo, cuero y animal ardiendo.

Pablo Neruda, «España en el corazón».


Yo no sé si los españoles se dan cuenta de que --querámoslo o no-- ellos son cultura-raíz de Latinoamérica y de la naciente cultura hispana que sobrepasa los cuarentidós millones de habitantes en Estados Unidos solamente.

Lo son, aunque esa transferencia de valores haya sido una aculturación forzosa para los descendientes de indígenas y africanos que adoptaron lengua y costumbres en este Nuevo Mundo que ya no es tan nuevo.

Lo son aunque a través de las centurias el modo de vida latinoamericano floreció en el aislamiento de cada país, dándole nuevas formas a la herencia y transformando la lengua en ritmo, pronunciación y léxico criollos.

Pero la conexión está ahí, aunque seamos los bastardos de España.

Eso explica porque, en esta época de telecomunicaciones, un televidente en Florida, en Texas, en Bogotá, en San Juan, en Buenos Aires, quede mesmerizado ante la conjunción de cuerdas de una seguidilla; o que se embargue de una extraña nostalgia con el canto de una malagueña.

Me sucedió anoche al sintonizar por vez primera un programa que llegaba de las Islas Canarias con el nombre de Tenderete. Parece que Tenderete es toda una institución de folclorismo, pero para mi fue una nueva experiencia audiovisual anoche -- tras subscribirme a un paquete de programación que me da canales de España y América Latina.

Cuando cantaban décimas yo reconocía en ellas los restrojos de ese canto, encarnados hace unas décadas en las voces de mis abuelos campesinos. Cuando tocaban el “punto canario”, yo reconocía en el ritmo los sonidos del son cubano y de las derivaciones de la música de cuerdas por todo este hemisferio. Hasta el acento canario me resultó familiar, como el de un primo hermano.

Pero veo también que estas son conexiones que se disuelven. Si bien --en términos culturales-- Indoamérica es nuestra tatarabuela; España y África son nuestras abuelas; y el criollismo es nuestra madre, los Estados Unidos son nuestra nodriza. Pasamos la mayor parte del tiempo con ella.

La música que escucha hoy la juventud hispanoamericana --y probablemente hasta de España para más decir-- trae más la estridencia del rock y el heavy metal, los dimes y diretes callejeros del rap y la rabia existencial de las urbes norteamericanas que aquel sabor de plaza y tenderete del que se derivaron tantos otros ritmos.

No está mal que la cultura cambie, pero siento una diferencia fundamental entre “cambio” y “pérdida”. Nosotros no estamos cambiando; estamos perdiendo.

Es por ello que me pareció invaluable esta conexión a las raíces españolas, aunque no como un retroceso sino como un recordatorio. Sería una pena que en el proceso de adquirir nuevas formas de expresión, olvidáramos las que ya poseíamos: igual que ya olvidamos en gran manera la lengua española por estos lados en que las películas salen en inglés.

Me sorprende escuchar, por eso, que el programa Tenderete puede estar en sus finales; que en España consideren sacarlo de programación.

¿Será que los mismos españoles olvidan de dónde vienen? ¿Será que ellos también se entregan a la moda a desdén de su propia identidad? ¿Será que ahora ellos son víctimas del colonialismo cultural que una vez impusieron a otros?

Solamente ellos lo sabrán.


Para saber más sobre la lucha por Tenderete: http://www.desde-canarias.com/


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martes, junio 06, 2006

En pocas palabras.

Muchas veces me faltan las palabras, aunque sufro esta compulsión de ponerlo todo en líneas ordenadas. ¿Por qué esta aspiración de encontrar sentido en la sintaxis?

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sábado, junio 03, 2006

«La sombra del viento»: el alma de una novela.

Un librero viudo lleva a su hijo de diez años al “Cementerio de los Libros Olvidados”, una especie de mausoleo de libros, donde le encomienda la extraña labor de adoptar un libro, “asegurándose de que nunca desaparezca”.

El comienzo de la novela «La sombra del viento», del español Carlos Ruiz Zafón, promete una aventura literaria, envuelta en el misterio de las obras y los autores que nunca llegan al éxito de ventas. Deja en el aire una sombra de misterio que bien puede aludir al título, porque se sabe que detrás de la adopción de ese libro habrá otras historias y se percibe de trasfondo el ambiente enrarecido de una Barcelona al borde de la guerra civil española.

A partir de ahí, la novela se desenlaza a varios niveles a la par del desarrollo de aquel niño, Daniel Sempere. El misterio del libro que Daniel adopta --una novela casi extinta de un tal Julián Carax-- termina por embargarlo todo con su aire trágico.

Daniel, un adolescente inverosímil por su promiscuidad intelectual, se lanza a la búsqueda de Carax, que aparentemente desapareció de la faz de la tierra. Pronto descubre que así como él se propone salvar el libro, hay quien quiere deshacerse para siempre de él y cualquier rastro de su autor.

Es una novela de intriga literaria, que revela algo sobre el valor de la literatura. Condena, de paso, la crueldad humana.

“Cada libro, cada tomo que ves, tiene alma,” le dice el padre de Daniel cuando lo lleva al peculiar cementerio. “El alma de quien lo escribió, y el alma de quienes lo leyeron y vivivieron y soñaron con él. Cada vez que un libro cambia de manos, cada vez que alguien desliza la mirada por sus páginas, su espíritu crece y se hace fuerte.”

En tono de crítica, podría señalarse la propensión a los clichés del refranero popular, los personajes estereotípicos, las descripciones poco trabajadas y el abuso de los verbos sucesivos en muchas oraciones.

Podría señalarse también algunas irregularidades de trama e incluso de estructura -- como un gazapo muy notable en que una misiva contradice parte de la trama que se desarrollará más adelante.

La novela tiene sus faltas, pero destacarlas demasiado sería robarle sus virtudes: un ritmo excelente, un enlace de tramas que me pareció genial, la tensión constante, y toda la pasión que Ruiz Zafón derrochó en ella. A veces parece que hablara de algo que conoció muy de cerca.

Está además esa crítica punzante de la guerra y de la corrupción que surge cuando Ruiz Zafón hurga en la historia no tan remota de España:

“Nada alimenta el olvido como una guerra, Daniel. Todos callamos y se esfuerzan en convencernos de lo que hemos visto, lo que hemos hecho, lo que hemos aprendido de nosotros mismos y de los demás, es una ilusión, una pesadilla pasajera. Las guerras no tienen memoria y nadie se atreve a comprenderlas hasta que ya no quedan voces para contar lo que pasó, hasta que llega el momento en que no se las reconoce y regresan, con otra cara y otro nombre, a devorar lo que dejaron atrás”.


Una lectura más personal es que, desde este otro hemisferio americano, sentí una conexión verdadera a España en la lectura de «La sombra del viento». Como tataranieto de la vieja Iberia, encontré que decimos las mismas cosas; que arrastramos los mismos fantasmas; que, para bien y para mal, somos los mismos de siempre.

En última instancia hay otro asunto importante. Esta novela gusta. Es un éxito. En la obra, el personaje principal tiene el cometido de salvar una novela, y tal vez hay algo similar en el logro de este autor: rescatar a fuerza de tramas a la novela española de su aparente abandono.


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