Hará unos cinco años que oí a Soraya cantar por vez primera. Eran esos días en que Napster liberaba a la música de las casas disqueras para que viajara, sin costo, por las vías cibernéticas.
En mi casa, entre algunos amigos, que estábamos frustrados con las limitaciones de la radio comercial, aquella apertura digital nos trajo sonidos nuevos -- que queríamos, pero desconocíamos.
Descubrimos a Lhasa de Sela con su floricanto; a Pedro Guerra y sus raíces; a Ismael Serrano y la canción a sí mismo; a las Hijas del Sol y sus sonrisas unísonas; a Rosana y sus lunas rotas; a Tonxu y sus viajes mentales; a Claudia Gómez y su mundo nuevo; a Alejandro Filio y su deseo de creer en algo; a Lila Downs con su grito ancestral. Descubrimos música de nuestro tiempo, que sin embargo no añadía a la cacofonía de porquerías que se le vende al público.
Descubrimos en esos días a Soraya, con una voz melodiosa y una lucha existencial demasiado desgarradora. Soraya --supimos-- luchaba contra el cáncer de seno a la vez que grababa su voz melodiosa en español y en inglés.
Al principio, me gustó y no me gustó. Me molestaba que una mujer en una lucha como esa se empecinara en cantar versos posítivos. Me parecía una forma de engaño. Quería que ella cantara algo más acorde a su realidad: una rabieta quizás; tal vez una maldición contra todo el destino y la injusticia; o sea, una expresión del cinismo que traen las desilusiones.
Pero cambié de parecer.
En un cuento que escribí, que llamé «Víctor Crisóstomo, desaparecido (o el porqué de un nombre)», incluí, casi de manera inexplicable para mi, unos versos derivados de «Casi», la mejor canción de Soraya:
Anoche me dormí abrazando las nubes,
con almohadas de sueños en una cama de ilusiones.
Soraya entraba de frente a la cuestión de su cáncer con esa canción. Se preguntaba “por qué yo, por qué hoy, por qué esto” y confesaba que perdía las fuerzas para luchar.
Lo que Soraya compartió en las vueltas de su voz arrulladora fue que, aún en esas circunstancias penosas, hay razones para vivir. Uno no vive solamente por uno mismo. Uno también vive por algo o por alguien.
Tengo la canción de Soraya en sus versiones acústica y de balada, y cuando lleguen esos momentos en que este casi a punto de rendirme, espero recordarme de ella, cantarla tal vez:
Casi se me acaba la fe;
Casi se me escapa el amor;
Casi se me quiebra la inocencia;
Se me agota toda la fuerza para luchar un día más.
Casi me rendí -- hasta que pensé en ti
Soraya expiró esta semana, a los treintisiete años de edad, pero antes compartió con nosotros algo de eso que ella llamó fe. También podría decirse que lo que sucedió fue que se durmió abrazando las nubes, con almohadas de sueños en una cama de ilusiones.
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