miércoles, mayo 24, 2006

Espontaneidad.

Te miran sesenta caras. Tenías algo ensayado, lo que dirías, lo que sonaría bien -- pero sale otra cosa.

Te escuchas, casi te observas desde adentro, y no entiendes lo que sucede: aunque las palabras salen de ti, vienen de un lugar más profundo. Dices lo que nunca pensaste.

Terminas, y te callas para siempre. Los demás te felicitan, aunque no sabes muy bien qué acabas de expresar.


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sábado, mayo 20, 2006

De morirsoñando.

Quisiera reseñarme a mí mismo con el mismo desapego con que juzgo los escritos de otros. Pero no puedo. Cómo salirse uno de sí mismo y llegar al punto en que las palabras resuenen vacías.

Me refiero a mi libro de cuentos, «Morirsoñando: cuentos agridulces, 1998-2005». Como yo lo veo, cada cuento tiene su génesis; cada cuento tiene su cuento; y no puedo dejar de verlo sin esas conexiones que lo trajeron a la manifestación.

Recuerdo, por ejemplo, que «Los espíritus del agua» vino con las nubes una tarde; que al abrirse destaparon así un mundo en que guardaba historias reales, pero que necesitaban de la forma de la ficción para que pudiera hacerles justicia. En la ficción perdían el personalismo para vivir como metáforas de la realidad.

«Quizás soy blanco» nació del desplazamiento, del calor del verano, y del desarraigo migratorio. «Pulpa de Manila» fue un cuento que me contó un sobre, porque a veces me hablan los objetos. «La sonrisa del terrorista» fue un desahogo y una explicación. Surgió en esos días de rostros perdidos y humo negro en que uno sentía que la lección se había perdido: nadie quería llegar a la raíz misma de la violencia; nadie quería aceptar que todos contribuímos a los males del mundo.

«Los chupasangre» es toda una frustración que sentí por otros, condenados a ser puentes entre dos mundos. «Mañana de agosto» fue una caminata en la que me perdí por los caminos de la ficción, y quedé cuestionando las bases mismas de la realidad. «The lucky ones», un retrato, desfigurado por cierto, de un redentor pedestre.

Y es obvio que me voy a una lucha cuerpo a cuerpo con la navidad, como lo hizo el Jacob bíblico con un ángel, tal vez dispuesto a trozarle las alas. Es mi musa antimusa en «La casi verdadera historia de Ebenezer Scrooge» y «Crismas en Manhattan», aunque se encuentra también ese forcejeo en otros de los cuentos, escritos durante la época orgiástica.

«Nuevayor bajo la nieve» fue el primer cuento que me atreví a publicar, porque es un escrito que se me fue de las manos y se contó a sí mismo, haciendo de la ciudad una entidad y un personaje y capturando una visión que me pareció difícil de explicar sin el recurso fantástico.

El «Vuelo nocturno» parecerá mi cuento más ficticio, pero se deriva de hechos, más así que varios otros; mientras que «Cuarenticuatro» es mi manera de empujar la ficción hasta sus límites, hasta mis límites.

El «Testamento del pora» es un testamento, que no sé si es cuento, aunque tiene personaje y tiene desenlace, a su manera. «Víctor Crisóstomo, desaparecido (o el porqué de un nombre)» es un arranque de imágenes disparejas, que se conjugaron en una ficción sobre la ficción. No me gusta ese escrito, pero me sentí obligado a incluirlo para ser honesto conmigo mismo. «Quince minutos de (in)grata conversación» es una obra derivada que explora el asunto de la fe cristiana. Podríamos decir que si orar es conversar con Dios --o con un “dios”-- ese escrito es también un rezo.

Luego está lo que no es cuento. Una poesía, «Insospechadamente», que publiqué a pesar de mi renuencia a considerarme poeta y que (era de esperarse) me han pedido que lea cuando hablo en público del libro. Es una simple declaración de mi admiración por la mujer, especialmente una mujer. «La caminata de Plinio» es el fragmento de la novela «La vida pasajera», que todavía no sé si publico o guardo para siempre. El «Obituario a destiempo» es una forma de presentación de mí mismo, morbosa diría yo.

Supongo que escribo todo esto para explicarme y decir por qué escribí este libro de historias agridulces. Lo hice porque quería decir cosas, porque quería dar sentido a las vivencias, aunque al final todo esto se traté más de que esas historias quieran contarse por sí mismas.


Los demás escritos sobre «Morirsoñando» en orden de publicación:


  • Un llamado de año nuevo a todos los escribas de la blogosfera.

  • Una oferta del peor vendedor del mundo.

  • "...un escritor que te enreda..."

  • "...es un placer saborear estos relatos cortos..."

  • "Diecisiete cuentos y ninguno igual..."

  • "...una intensa carga existencial dramática..."

  • Presentación del libro en Orlando

  • "...el tiempo se ha escapado por la ventana..."

  • La irrupción de un nuevo paradigma.

  • «Morirsoñando»: historias "...agridulces, frágiles, punzantes, penetrantes, desiguales..."

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    jueves, mayo 18, 2006

    El deseo: espada de doble filo.

    Dijo el Buda que la causa del sufrimiento es el deseo. El deseo es esa atracción hacia lo que no se tiene y, en algunos casos, no se debe tener. El deseo es el motor de las obsesiones. El deseo es nuestro día a día.

    El deseo, ese manojo de antojos, tiene su polaridad negativa. No solamente se desea algo, sino que también se desea que no suceda algo. Es decir, se teme. El miedo podría considerarse, entonces, otro polo del deseo.

    Hay veces en que deseo y miedo se unen en una experiencia, y nos estancamos. Queremos pero tememos. Ni una cosa ni la otra. ¿Qué diría el Buda de ese sufrimiento?


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    lunes, mayo 15, 2006

    Levantarse de la nada.

    Me llegó este mensaje por correo electrónico. Era de un amigo que se hacía un cuestionamiento de vida. Transcribo el correo casi con la misma puntuación, y le dejo a ustedes la pregunta que él hace. ¿Cómo la contestarían ustedes?

    Amigos/as, toda persona tiene su fe sea cual sea;

    toda persona tiene su piso psicológico.

    Toda persona tiene sus creencias firmes y bien
    aceptadas por su entendimiento. Toda persona
    tiene su felicidad, sus objetivos en la vida
    y sus motivaciones, toda persona tiene derechos
    que son inviolables y respetables.

    Toda persona tiene ilusiones; toda persona
    tiene agrado y gusto por el vivir...

    Toda persona tiene algo de amor por sí mismo
    y tiene derecho a consentirse a sí mismo.

    AHORA... ¿QUE PASA SI LE QUITAN TODO ESO,
    SI PIERDE TODO ESO, COMO QUEDARIA?

    ¿Cómo se levanta de la ceniza, de la nada?



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    jueves, mayo 11, 2006

    La casi muerte de Soraya.

    Hará unos cinco años que oí a Soraya cantar por vez primera. Eran esos días en que Napster liberaba a la música de las casas disqueras para que viajara, sin costo, por las vías cibernéticas.

    En mi casa, entre algunos amigos, que estábamos frustrados con las limitaciones de la radio comercial, aquella apertura digital nos trajo sonidos nuevos -- que queríamos, pero desconocíamos.

    Descubrimos a Lhasa de Sela con su floricanto; a Pedro Guerra y sus raíces; a Ismael Serrano y la canción a sí mismo; a las Hijas del Sol y sus sonrisas unísonas; a Rosana y sus lunas rotas; a Tonxu y sus viajes mentales; a Claudia Gómez y su mundo nuevo; a Alejandro Filio y su deseo de creer en algo; a Lila Downs con su grito ancestral. Descubrimos música de nuestro tiempo, que sin embargo no añadía a la cacofonía de porquerías que se le vende al público.

    Descubrimos en esos días a Soraya, con una voz melodiosa y una lucha existencial demasiado desgarradora. Soraya --supimos-- luchaba contra el cáncer de seno a la vez que grababa su voz melodiosa en español y en inglés.

    Al principio, me gustó y no me gustó. Me molestaba que una mujer en una lucha como esa se empecinara en cantar versos posítivos. Me parecía una forma de engaño. Quería que ella cantara algo más acorde a su realidad: una rabieta quizás; tal vez una maldición contra todo el destino y la injusticia; o sea, una expresión del cinismo que traen las desilusiones.

    Pero cambié de parecer.

    En un cuento que escribí, que llamé «Víctor Crisóstomo, desaparecido (o el porqué de un nombre)», incluí, casi de manera inexplicable para mi, unos versos derivados de «Casi», la mejor canción de Soraya:

    Anoche me dormí abrazando las nubes,
    con almohadas de sueños en una cama de ilusiones.


    Soraya entraba de frente a la cuestión de su cáncer con esa canción. Se preguntaba “por qué yo, por qué hoy, por qué esto” y confesaba que perdía las fuerzas para luchar.

    Lo que Soraya compartió en las vueltas de su voz arrulladora fue que, aún en esas circunstancias penosas, hay razones para vivir. Uno no vive solamente por uno mismo. Uno también vive por algo o por alguien.

    Tengo la canción de Soraya en sus versiones acústica y de balada, y cuando lleguen esos momentos en que este casi a punto de rendirme, espero recordarme de ella, cantarla tal vez:

    Casi se me acaba la fe;
    Casi se me escapa el amor;
    Casi se me quiebra la inocencia;
    Se me agota toda la fuerza para luchar un día más.
    Casi me rendí -- hasta que pensé en ti


    Soraya expiró esta semana, a los treintisiete años de edad, pero antes compartió con nosotros algo de eso que ella llamó fe. También podría decirse que lo que sucedió fue que se durmió abrazando las nubes, con almohadas de sueños en una cama de ilusiones.

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    sábado, mayo 06, 2006

    Usted y yo tenemos manos: usémoslas.

    Lo más seguro es que usted, igual que yo, tiene una serie de huesos, ligamentos, coyunturas y venas que se llaman brazos. Lo más seguro es que usted, igual que yo, tiene además unas protuberancias con unos trazos únicos que se llaman huellas y unas láminas duras que se llaman uñas. Usted probablemente tiene manos y dedos.

    Podemos estrechar a otro ser humano en un abrazo. Podemos usar una de nuestras yemas para despejar una lágrima de la mejilla ajena. Podemos acariciar. Se nos hace posible palpar la lozanía en la piel de una criatura. No hay nada, por ejemplo, como meter la mano, todos los dedos, en la corriente de un río.

    Y aún así, hay entre nosotros quienes usan esos tendones para halar un gatillo. O convertimos las manos en puños.

    Tony Meléndez no puede hacer nada de eso. Él tiene un cuerpo sin brazos. Nació así en Nicaragua, aunque vive en Estados Unidos. Pero Tony Meléndez ha hecho manos de su pies, hasta el punto de que hoy en día es un guitarrista que graba canciones cristianas. Toca la guitarra con los dedos de sus pies.

    Yo no sabía de él, aunque en mil novecientos ochentisiete fueron millones de personas quienes se enteraron de su historia cuando él tocó para el Papa Juan Pablo Segundo. Una amiga me envió una especie de reportaje en que Tony Melendez contaba algo de su vida.

    Ver y oir que una persona en estas condiciones le agradece a Dios es algo grande, sin importar lo que uno crea o deje de creer.

    Es en el fondo una historia de potencialidad.

    Nosotros, los que tenemos estos cuerpos, no sabemos lo que tenemos. Llenamos de excusas nuestras vidas.

    Tony Meléndez nos habla con su vida y hasta nos hace un reclamo en el mencionado reportaje: “Por favor, no me digan que no pueden, no me digan que no pueden, porque ustedes, ustedes, pueden hacer mucho, mucho más. Sólo levántensen y digan ‘yo quiero, yo puedo, yo voy a moverme para adelante’. Tienen un mundo que sólo está esperando la mano de usted...”.


    Para más información: http://www.tonymelendez.com


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    miércoles, mayo 03, 2006

    «Morirsoñando»: historias “...agridulces, frágiles, punzantes, penetrantes, desiguales...”

    “Del otro lado de la historia hay otra historia que espera ser contada para que nadie la escuche, sino que la construya por sus propios medios”. Eso dice René Rodríguez Soriano en una reseña que publicó en comentariosdelibros.com sobre «Morirsoñando», el libro de cuentos que publiqué hace unos meses.

    Su reseña es otra evaluación independiente de mis cuentos, escrita para mi suerte por alguien que sabe algo de estos menesteres. Rodríguez Soriano ganó el Premio Nacional de Cuentos “Casa de Teatro” de 1996 en República Dominicana con su prosa cargada de palabras e insinuadora de significados.

    Me gusta en particular su cuento «La radio», que aparece en su última colección «Sólo de vez en cuando» (Editorial Imagomundi, 2005).

    Comparto aquí con el permiso de Rodríguez Soriano su evaluación completa de mi libro:


    Morirsoñando: Cuentos Agridulces, 1998-2005
    por René Rodríguez Soriano

    De una orilla enfurecida a la otra orilla del Río Bao, chapaleando entre la breza y el lodo, Víctor Manuel Ramos inicia y concluye un periplo que nos introduce por los vericuetos de un submundo de espejismos y mutaciones. Desde un bucólico Cibao, verde, frondoso y a mano para el pastoreo de ganado y amistades, hasta una áspera y asfáltica babel de hierro que engulle y maquiniza almas y almanaques, en una lectura como de travelling sin retroceso, sin sobresaltos, el joven narrador nos engancha en su telar de sueños y visiones superpuestas, acotejadas como sucesión de mosaicos tan distintos, tan iguales y parejos.

    Morirsoñando: Cuentos agridulces, 1998-2005» (Libros en Red, 2005), deviene en abanico de posibilidades para reinventar un tiempo que acontece, como diría Elizondo, más acá… donde la escritura se agota y nace o se muta en el lector que participa y se transforma y le da forma a una historia que se mueve dentro y fuera de lo real virtual o lo real imaginado o deseado. Todo licuado como el propio jugo, suma que le da razón y esencia y título a la interesante ópera prima de este joven narrador dominicano residente en Estados Unidos.

    En el Cibao, en pleno corazón de la República Dominicana, de donde es oriundo el autor, el “morir soñando” no es más que zumo de naranjas con leche y azúcar. Una bebida refrescante que, tan pronto toma posesión de uno lo aletarga, lo relaja y lo hace presa de una suerte de alivio o flojera que pudiera ser lo más parecido a la levitación. Esa levitación o “pava” en la que normalmente la gente de esa fértil zona de la isla de Santo Domingo asegura haber visto o tenido contacto con aparecidos, seres y difuntos que transitan y se mueven en los predios de la invención o la verdad a medias. Lugar tal vez donde se fundió Felipe con “Los espíritus de las aguas” para dar inicio a un viaje que rehúsa morar en los límites de la temporalidad.

    En Nueva York, como las fuentes, las torres florecieron hacia abajo, y el sentido de la historia ya hacía ratos que no tenía sentido alguno. Tal vez por lo de la debilidad de la fuerza, que predicara Fukuyama; el nihilismo de Woody Allen o la apabullante supremacía de los Yanquis sobre los Mets… el narrador, armado de un sólido instrumental conformado por lecturas y recuerdos de su tierra natal, conjugado con las vivencias y las lecturas en la nueva lengua-mundo-marco-ambiente-urbe neoyorquino, comienza a dar corpus a un manojo de intrahistorias que se imbrican, superponen, desencuentran y encadenan, agridulces, frágiles, punzantes, penetrantes, desiguales… fieras.

    Estrecho, ajeno y peligroso mundo éste de Ben Laden y Bush, de Madonna y el Santo Padre… donde las crismas y la nieve son sólo símbolos para empapelar los sentimientos e incrementar las sonrisas en los escaparates llenos de decrépitos santiclós. Existen otros monstruos, pero no los reseñan en los medios masivos de comunicación. Del otro lado de la historia hay otra historia que espera ser contada para que nadie la escuche, sino que la construya por sus propios medios. El contador no cuenta, Víctor Manuel Ramos va de un tramo a otro del Río Bao (cruzando a orillas del Hudson, cuidándose de no pisar escombros ni cenizas de la indiferencia y el desdén) para relatarnos “La caminata de Plinio”, tal vez con el único propósito --nos lo confiesa, casi al concluir este Morirsoñando-- de aprender “algunas cosas desde este otro lado de la vida”.

    El original se publicó en comentariosdelibros.com

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    lunes, mayo 01, 2006

    Un lugar para ser humanos.

    La poetisa Emma Lazarus imaginó un refugio para el mundo: un lugar en el que no importara el origen del ser humano.

    Ese lugar no sería el imperio que se basaría en las conquistas militaristas de antaño, sino en una compasión que trascendería los intereses de la comodidad y el poder.

    Eso lo plasmó ella en un poema, dedicado a la Estatua de la Libertad, aunque parece que es la estatua la que se dedica a esos versos. La estatua existe. El símbolo está allí, en el puerto de Nueva York. Yo mismo he visto sus dedos de cemento verde. Caminé por sus adentros hasta los predios de la antorcha.

    Recuerdo algo de la emoción con que José Martí, aquel otro gran poeta del mundo, relataba los hechos del veintiocho de octubre de mil ochocientos ochentiséis, cuando se inauguró la estatua. Leí ese ensayo periodístico una noche que, por causalidad y no casualidad, el avión en que regresaba a casa sobrevolaba la señora estatua. En él, Martí decía que aquellos que tienen la dicha de la libertad no la conocen y que todos tienen que dejar de hablar tanto de ella para conquistarla, porque es un bien que se pierde.

    Allí, más cerca de los dedos grandes de la estatua, leí otra tarde aquellos versos de Emma Lazarus, que aquí comparto, porque no tienen bandera ni tiempo.


    El nuevo coloso.
    Emma Lazarus.

    No como el broncíneo gigante de helénica fama,
    con sus conquistadores miembros de tierra
    a tierra encajados;
    aquí en nuestro crepúsculo del mar bañado,
    puentes se afirmarán.
    Poderosa mujer con antorcha,
    cuya flama es a los prisioneros luz,
    y Madre de los Exilios es su nombre.
    En su mano el faro refulge a todo
    el mundo la bienvenida,
    de sus suaves ojos bajo el mando.
    Y en el aire tendido el puerto, puente que
    mellizales ciudades fragua.
    ‘Guarden sus antiguas tierras, sus historiadas
    pompas’, ella grita.
    ‘Dénme a mí sus cansados, a sus pobres,
    a sus masas apretadas, que anhelan respirar libres,
    los miserables rechazados de sus prolíficas costas.
    Envíen a esos, a los desahuciados, arrójenlos a mí,
    ¡que yo elevo mi faro junto a la dorada puerta!’



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