Cuentos que no son cuento.
La tarde que empecé a escribir unas palabras que se convertirían en mi primer cuento, el cielo de Nueva York estaba cargado de nubes y me entró algo por los huesos que me dijo: ¡Escribe! ¡Escribe! ¡Escribe!
Era yo un muchachón recién casado, recién estrenado en un nuevo empleo y sin la responsabilidad de los hijos. No hace tanto desde el punto de vista cronológico, pero hace edades en términos de quién yo era. Aun así, ese ímpetu que me decía que escribiera es el mismo de hoy, aunque no siempre se manifieste de las mismas maneras. Lo siento casi como se percibe un instinto, como la sed, como las ganas de comer, como el ardor sexual. Algo madura en mi y se quiere caer de la mata.
Esa tarde empecé por escribir una frase obvia y muy poco original, mientras el cielo se desparramaba: “La tarde estaba llorando...” y seguí por ahí, realmente sin saber para dónde iba con ese desborde de imágenes que se destilaban en palabras. Escribí desenfrenadamente hasta que encontré un punto natural en la historia en que me detuve y supe que acababa de materializar algo que yo nunca viví, pero que en ese mismo momento era mi finalidad de vida. Ese es ahora el cuento «Los espíritus del agua», que quedó siendo cuento tras un intento largo, desesperante y fallido de convertirlo en novela.
Es el primero que escribí y uno de los que me enseñaron el valor de la ficción. Será también el primero en el libro de cuentos que saldrá pronto a la luz. No es historia mía, sino de mi sangre. Mi abuela contó ese relato con mayor pasión muchas veces, porque esa historia era y sigue siendo una llaga en su corazón. Es el recuento premonitorio del horroroso episodio que terminó con la vida de su primer hijo. Es ficción porque no me sucedió a mi, porque no estuve allí en esos tiempos, antes de que yo naciera, y porque no hice investigación al escribirlo -- pero es en muchas maneras una historia más precisa que muchos artículos periodísticos, colecciones muchas veces de citas mentirosas al fin.
En aquel momento lo escribí con la intención de publicarlo, y tal vez con la idea extraña de que sería parte de un libro que todos querrían leer, porque algo que se sintiera tan intenso no podría resultar de otra manera. Es ahora, unos ocho y tantos años después, que lo preparo junto a otros cuentos para que otros los tengan en sus manos, los acaricien, los huelan y los lean, en el más optimista de los casos.
Ahora que estoy a punto de publicar, siento otro terror -- que tal vez mis cuentos no tienen nada que aportar a otras gentes, aunque sean todo un mundo para mi. Jamás pensé que me sentiría así, tan inseguro de mi propia intimidad, cuando me esmeré en recoger y organizar las palabras. Es que sacar un libro al mundo es el equivalente de dejarse pintar al desnudo. Uno se pone en el lienzo con todas sus virtudes, pero también con todas sus faltas, y parece que en el fondo lo que queremos es que otros nos acepten y nos quieran. Que nos admiren y respeten. Que nos escuchen y nos lean.
A pesar de todo, pondré esas consideraciones a un lado y sacaré el libro, porque de no hacerlo me traicionaría a mí mismo de una manera que jamás me perdonaría. Negaría la expresión a ese fuero interior que tiene cosas que decir y que, escúchenle o no, las dirá. Descartaría esa intuición de que a veces en los símbolos hay una esencia más pura que la que transmite el recuento de los hechos.
Vuelvo a ese primer cuento y me recuerdo de la sorpresa que sentí la siguiente vez que oí a mi abuela contar el triste episodio -- sin saber ella, hasta el día de hoy, que lo escribí. El relato de ella se correspondió en detalles con el que yo creí que me inventaba. Hasta el nombre de un personaje que nunca conocí resultó ser el mismo, y aquello me sirvió para reconocer que uno no escribe en un vacío y que hay en el ambiente cuentos que tienen que contarse – igual que las esculturas de Miguelangel que tenían que salir de la piedra en que vivían prisioneras. Necesitamos abrir ventanas a esa otra realidad.
Abriré una con la publicación del libro y deseo que usted, que ahora me lee, se sienta tentado a mirar hacia adentro.
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