miércoles, noviembre 23, 2005

Cuentos que no son cuento.

La tarde que empecé a escribir unas palabras que se convertirían en mi primer cuento, el cielo de Nueva York estaba cargado de nubes y me entró algo por los huesos que me dijo: ¡Escribe! ¡Escribe! ¡Escribe!

Era yo un muchachón recién casado, recién estrenado en un nuevo empleo y sin la responsabilidad de los hijos. No hace tanto desde el punto de vista cronológico, pero hace edades en términos de quién yo era. Aun así, ese ímpetu que me decía que escribiera es el mismo de hoy, aunque no siempre se manifieste de las mismas maneras. Lo siento casi como se percibe un instinto, como la sed, como las ganas de comer, como el ardor sexual. Algo madura en mi y se quiere caer de la mata.

Esa tarde empecé por escribir una frase obvia y muy poco original, mientras el cielo se desparramaba: “La tarde estaba llorando...” y seguí por ahí, realmente sin saber para dónde iba con ese desborde de imágenes que se destilaban en palabras. Escribí desenfrenadamente hasta que encontré un punto natural en la historia en que me detuve y supe que acababa de materializar algo que yo nunca viví, pero que en ese mismo momento era mi finalidad de vida. Ese es ahora el cuento «Los espíritus del agua», que quedó siendo cuento tras un intento largo, desesperante y fallido de convertirlo en novela.

Es el primero que escribí y uno de los que me enseñaron el valor de la ficción. Será también el primero en el libro de cuentos que saldrá pronto a la luz. No es historia mía, sino de mi sangre. Mi abuela contó ese relato con mayor pasión muchas veces, porque esa historia era y sigue siendo una llaga en su corazón. Es el recuento premonitorio del horroroso episodio que terminó con la vida de su primer hijo. Es ficción porque no me sucedió a mi, porque no estuve allí en esos tiempos, antes de que yo naciera, y porque no hice investigación al escribirlo -- pero es en muchas maneras una historia más precisa que muchos artículos periodísticos, colecciones muchas veces de citas mentirosas al fin.

En aquel momento lo escribí con la intención de publicarlo, y tal vez con la idea extraña de que sería parte de un libro que todos querrían leer, porque algo que se sintiera tan intenso no podría resultar de otra manera. Es ahora, unos ocho y tantos años después, que lo preparo junto a otros cuentos para que otros los tengan en sus manos, los acaricien, los huelan y los lean, en el más optimista de los casos.

Ahora que estoy a punto de publicar, siento otro terror -- que tal vez mis cuentos no tienen nada que aportar a otras gentes, aunque sean todo un mundo para mi. Jamás pensé que me sentiría así, tan inseguro de mi propia intimidad, cuando me esmeré en recoger y organizar las palabras. Es que sacar un libro al mundo es el equivalente de dejarse pintar al desnudo. Uno se pone en el lienzo con todas sus virtudes, pero también con todas sus faltas, y parece que en el fondo lo que queremos es que otros nos acepten y nos quieran. Que nos admiren y respeten. Que nos escuchen y nos lean.

A pesar de todo, pondré esas consideraciones a un lado y sacaré el libro, porque de no hacerlo me traicionaría a mí mismo de una manera que jamás me perdonaría. Negaría la expresión a ese fuero interior que tiene cosas que decir y que, escúchenle o no, las dirá. Descartaría esa intuición de que a veces en los símbolos hay una esencia más pura que la que transmite el recuento de los hechos.

Vuelvo a ese primer cuento y me recuerdo de la sorpresa que sentí la siguiente vez que oí a mi abuela contar el triste episodio -- sin saber ella, hasta el día de hoy, que lo escribí. El relato de ella se correspondió en detalles con el que yo creí que me inventaba. Hasta el nombre de un personaje que nunca conocí resultó ser el mismo, y aquello me sirvió para reconocer que uno no escribe en un vacío y que hay en el ambiente cuentos que tienen que contarse – igual que las esculturas de Miguelangel que tenían que salir de la piedra en que vivían prisioneras. Necesitamos abrir ventanas a esa otra realidad.

Abriré una con la publicación del libro y deseo que usted, que ahora me lee, se sienta tentado a mirar hacia adentro.


El sitio principal de este cuaderno se encuentra en http://home.earthlink.net/~crisostomo

sábado, noviembre 19, 2005

Los laberintos de Alberto Pancorbo, y el salto más allá del simple realismo.

Alberto Pancorbo describe su estilo de pintura como “un realismo romántico y fantástico”, aunque yo diría que la imagen de una mujer que a la vez es puerta cerrada y hendidura de madera no es ni real ni romántica ni fantástica. Es, más bien, simbólica.

Cierto, los cuerpos que Pancorbo pinta parecen hechos de carnes, tendones, tejidos y huesos, pero ese fisicalismo no es más que un punto de partida para representar lo irrepresentable -- aquello que no se mira, pero ciertamente se ve.

Y como cualquier simbolismo, el lenguaje pictórico de Pancorbo es arbitrario. Contiene su propia gramática de formas y colores. Hay varios patrones en sus cuadros: la desnudez que hace a sus sujetos vulnerables; los laberintos que expresan la enajenación; los horizontes trastocados que aluden a un mundo inventado; las aves que delatan alguna suerte de espíritu; y las puertas que a veces aparecen cerradas, pero que como puertas al fin son susceptibles de abrirse.

Este ambiente enrarecido no es realidad, sino visión de un mundo en que el ser humano todavía no encuentra su lugar.

Él mismo lo dice en una breve semblanza que aparece en su sitio: “Un visitante al laberinto de la imaginación de Alberto Pancorbo es confrontado a cada vuelta con símbolos tanto antiguos como modernos. Aluden a la existencia humana, a la lucha, y frecuentemente, a la insensitividad humana hacia el mundo”.

Esa visión, o su contraste, es probablemente lo que me atrajo a sus pinturas y me llevó hasta el punto de involucrarme en una conversación con Pancorbo, un artista de nacionalidad española que reside en Miami. Y veo, en más de una manera, la relación entre la pintura y la literatura, entre el pincel y la pluma, entre la representación pictorial y el relato. También me llama esa literatura que tiene sus raíces en la realidad, pero que da el salto más allá del realismo para expresar certezas que necesitan el cuerpo del símbolo. Se trata, en realidad, de forjar una especie de mitología que comunique al ser humano de hoy su lugar en relación a los demás y al mundo en que vivimos.

Por eso me alegra sobremanera que Pancorbo, tal vez en un gesto de fe por ese mismo ser humano que pinta, me cediera el derecho a usar una de sus pinturas para presentar el libro de cuentos que en estos días se edita para pronta publicación. A pesar de la diferencia de medios, estamos unidos en esta conspiración de señalarnos quizás a sí mismos, por lo menos para comenzar, y recordarnos que respiramos, que tenemos un cuerpo y que la vida es un misterio por descubrir.


Para ver los laberintos de Pancorbo, entre a su sitio en http://www.albertopancorbo.com



El sitio principal de este cuaderno se encuentra en http://home.earthlink.net/~crisostomo

domingo, noviembre 06, 2005

«Amélie», causas y efectos.

Soy de los que andan con varios años de atraso en materia de películas, porque me resisto a ver las que acaban de salir y se promueven con urgencia en los medios. Prefiero aquellas que perduran mucho más allá de sus estrenos. Por eso no vi «Amélie» cuando salió en dos mil uno — quizás el año perfecto para una película tal — aunque siempre me tentó la sonrisa pícara de su personaje principal.

El filme del director Jean-Pierre Jeunet representa una trama simple pero efectiva, y por lo tanto genial. Muestra la vida de una muchacha introvertida que, igual que todo el mundo, tiene su historial de infortunios. Vive una vida ordinaria, como mesera de un restaurante. Ella aprende, sin embargo, a jugar con el destino al descubrir un pequeño tesoro. Decide que arreglará las vidas ajenas, sin esperar de ello más que la alegría de sus actos. Y, al igual que en muchas otras películas cursis, se consuma en su vida un amor, pero la cursilería es tanta y tan desenfrenada que aquí se torna en brillantez.

La cinematografía es interesante, desde las escenas hasta la música y la extravagancia del color. Es otra razón para verla. Así que si usted es igual que yo y busca películas raras, pero de aspiraciones trascendentales, Amélie será una experiencia colorida de las causas y los efectos.


---
El sitio principal de este cuaderno se encuentra en http://home.earthlink.net/~crisostomo

¿Te gusta lo que lees?
Déjame tu dirección para avisarte de nuevos escritos:

Cortesía de FeedBurner