miércoles, junio 01, 2005

«El Alquimista»: plomo transformado en oro.

“Porque el desierto es una mujer caprichosa y a veces deja locos a los hombres”.

Paulo Coelho, «El Alquimista»


Un libro que se traduzca a por lo menos cincuentiséis idiomas y que supere las veintisiete millones de copias vendidas tiene que ser fabuloso, ¿verdad? Un libro que siga por años en las listas de popularidad y que catapulte a su autor al estrellato tiene que ser excelente, ¿cierto? Un libro cuya edición más reciente traiga una introducción, un prefacio y un prólogo --es decir, tres preámbulos-- tiene que decir algo importante, ¿no es así?

Las respuestas son no, no y no.

Me refiero a «El Alquimista», el bestseller de Paulo Coelho.

Es uno de los peores libros que he leido. No lo digo por exagerar.

Lo sé. Habrá quienes dirán que esta crítica es el sentimiento amargo de un don nadie que envidia el éxito del autor. Están en lo cierto en cuanto a que soy un don nadie. Aclaro también que sí, que me placería si estuviera mi libro entre los más vendidos, pero no critico esta obra por su éxito sino a pesar de su éxito.

También sé que llego tarde con mis pobres abucheos. Se publicó hace más de diez años. Pero ahora fue que lo leí. No lo leí antes porque olía el muerto. Sospechaba que el libro era un producto empacado, como las tocinetas que ponen en plásticos de mallitas pero no dejan de ser tocinetas. Un amigo me advirtió que las analogías de Coelho eran tan burdas como un hipopótamo en bikinis.

Lo leí por recomendación, aunque la persona que lo recomendó era una desconocida, y mejor que lo sea. Supongo que la recomendación era una de las benditas señales de las que tanto habla el autor en su fábula para seguir sueños. Porque una novela no es. Tampoco es un cuento. Y como muchos sueños es incoherente.

Me burlo de las introducciones, todas escritas por el mismo autor --imagínense esto: un artista que sale a la escena y se presenta a sí mismo tres veces --, pero diré que estos preámbulos son lo más digno que tiene el libro. Es donde Coelho revela el secreto de la vida: caerse siete veces y levantarse ocho.

Yo me caí como siete veces al leer el libro, pero fue de la risa.

Es una especie de catecismo; mal escrito, por cierto. Esta es la trama: un pastor que se llama Santiago tiene un sueño recurrente. El sueño le muestra las pirámides de Egipto. Una gitana, interpretadora de sueños, le dice que allí hay un tesoro. El pastor (o “el muchacho”, como el narrador prefiere llamarle en tono paternalista) vende sus ovejas, abandona su mundo y arriesga todo en busca de su tesoro. Encuentra dificultades, pero persiste en busca de su supuesta historia personal. Además se le aparecen sabios, que lo animan a seguir. Y termina encontrando lo que buscaba, con la ayuda de un tal alquimista que solamente aparece en la última parte del libro, y enamorándose de una mujer, pues necesitaba su Dulcinea para que trajera el paquete completo.

Esa es solamente la trama. La gracia de la historia no está tanto en lo que sucede, sino en lo que “el muchacho” aprende en busca de su tesoro. Y allí es donde se encuentran joyas de sabiduría como estas, que transcribo a la exactitud:

“Cuando no se puede volver, sólo debemos estar preocupados por el mejor modo de seguir adelante”.


Increíble. Qué iluminador. Entonces, cuando no se puede volver hacia atrás hay que seguir adelante. Nunca se me hubiera ocurrido. Gracias a «El Alquimista» ahora lo sé. Pero como el mismo “alquimista” (del que nunca sabemos ni el nombre) nos dice: “estas cosas son tan sencillas que pueden escribirse en una esmeralda”.

Y ya no sigo, porque ni siquiera hablar de las oraciones vacuas, del antiintelectualismo simplista, de la repetición de frases de la Nueva Era y del Dios-Alá-Creador, ni del amor instantáneo que “el muchacho” profesa por una mujer que no conoce. Los personajes son de cartón; la trama es risible; las lecciones, desquiciadoras.

Queda la pregunta de por qué un libro que sea tan malo (porque no soy el único crítico) se haya ganado los corazones de tantos lectores. Yo me atrevo a decir que la mayoría de los que lo compran no son lectores. Son curiosos que nunca leen el libro más allá de las introducciones. El tema de la alquimia intriga. Además, es provocante la falsa promesa de realizar los sueños. Con ese mismo tipo de lógica es que se venden los boletos de lotería, a diferencia de que algunos de esos saldrán premiados.

El libro, de alquimia tiene muy poco, excepto que el autor sí logró convertir el plomo literario en el oro de la fama y fortuna.

Dichoso él. Es, como algunos de sus personajes dirían, suerte de principiante.



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