sábado, mayo 21, 2005

La otra orilla

Gate, Gate;
Paragate;
Parasamgate;
Boddhi;
Swaha.

Mantra tibetano.


La última vez que me mudé tuve un sueño alegórico.

Manejaba un vehículo por una de las calles céntricas de Manhattan en dirección del Río del Este. Aunque esa calle termina en el río y da a una autopista, en mi mundo interior llevaba directamente a un puente que era tan majestuoso como inusual. Brillaba con luz propia, como una de esas piezas de plástico que despiden luminosidad en la oscuridad.

Guié hacia ese puente desconocido, deslumbrado por su brillo. Tan pronto empecé a cruzar, algo cambió. La noche se hizo tan densa que ya no veía el puente. Ni siquiera veía por dónde iba. Todo era negrura y desesperación. En esa oscuridad encontré una fuerza ciega de voluntad. Seguí adelante. Crucé lleno de terror.

Aquel puente representaba la transición por la que pasaba al salir de Nueva York, después de una quincena de años en la ciudad. El miedo oscurecía la vista ante el cambio. Lo desconocido se volvía algo vasto y oscuro. Pero llegué bien a la otra orilla.

Otra vez me veo ante un cruce, porque se acerca otra mudanza. Estoy lleno de incertidumbre y preocupaciones. También de posibilidades y expectativas. Tengo que aprender a pasar por estos cambios con la disposición sana, alegre y llena de esperanza. Me hace falta algo de positivismo, aunque descarto ese concepto simplista.

Sin embargo, estoy aprendiendo algo. Y es que en la vida se dan cambios, quiéralos uno o no. Uno puede resistirlos, inútilmente, y dejar que la ola se lo lleve dando gritos y pataletas, como el adulto que carga a un niño resabioso. Pero los cambios sucederán. La alternativa es aprender a montarse sobre la cresta y disfrutar de los altos y bajos como las fluctuaciones que son nada más.

Así que si en mis próximos sueños aparece otro puente, no dudaré mucho en cruzarlo. Si me caigo al agua, nadaré hasta la otra orilla.

Si no actualizo este sitio por varias semanas es porque cruzo ese puente, o nado como puedo hasta esa orilla, tan impermanente como el agua.


El sitio principal de este cuaderno se encuentra en http://home.earthlink.net/~crisostomo.

sábado, mayo 14, 2005

Se habla español.

Un profesor de español y ardiente hispanófilo, que ha sido uno de mis mejores mentores, una vez confesó que su única hija, nacida y criada en Estados Unidos, no hablaba ni pío de español -- excepto como sucedía con el personaje semificticio del cubano Ricky Ricardo en la legendaria comedia «I Love Lucy», que empezaba a maldecir en la lengua de José Martí y Alejo Carpentier. Cuando se enojaba se le salía lo cubano.

A la hija de mi mentor, se le salía lo española, y él contaba que apretaba a veces sus puños y expresaba cualquiera que fuera la frustración del momento con una expresión muy a lo Sancho Panza: ¡Me cago en la leche!

Recuerdo que en aquel entonces, hace ya varios años, me chocó la revelación de que un profesor de español no lograra que su hija conversara en la lengua cuya defensa era para él --y sigue siéndolo-- una causa personal.

Ahora, a mi me pasa lo mismo. Tengo dos hijos que apenas empiezan a saber lo que es una lengua. Pero creo que ambos ya saben cuál es su lengua predilecta: y es la lengua de Dora la exploradora.

(Para quien no lo sepa, Dora la exploradora es un personaje de dibujos animados, que tiene la piel morena, los ojos acaramelados y la expresión sonriente de una niña mestiza, pero que habla --y canta-- en un inglés sin acento con el que mezcla una que otra palabrita o frase en español, como “¡ummm, delicioso!”).

A veces hago el experimento y le hablo solamente español a mi hijo mayor, pero no puedo apagar la máquina traductora que tiene incrustada en el cerebro. Todas mis palabras pasan por ella y las respuestas vuelven, casi sin excepción, en el lenguaje de Dora, Sesame Street, Barney y los Teletubbies. Mi hijo me contesta casi siempre en inglés, aunque hay palabras que por alguna extraña razón prefiere en español, como “jabón”, “computadora” o “abuelita”. No sé por qué.

Lo que esto me dice es muy claro. Los hispanos que residimos en Estados Unidos estamos perdiendo nuestro idioma. La primera generación lo tergiversa al mezclarlo de manera excesiva con el inglés. La segunda generación lo entiende pero no lo habla. La tercera generación tiene un nombre hispano, pero sabe tanto español como un gringo que haya tomado clases en la escuela secundaria. Para la cuarta generación ya no quedará nada. Ese es el caso aunque fluyen cada día miles y miles de nuevos inmigrantes hispanos que crean a corto plazo la impresión de que el español gana terreno en los Estados Unidos.

Es una falsa impresión. Es todo lo contrario. No solamente se habla menos español entre las sucesivas generaciones de hispanos, sino que se habla más inglés en América Latina y España.

Pero no tiene que ser así. Los hispanos que nos convertimos en migrantes no tenemos que renunciar a la herencia cultural de la lengua española, que tantas penurias costó a través de los siglos, para aprender y adoptar otra. Yo hablo y escribo los dos idiomas, y considero una dicha entender tanto a Miguel de Cervantes como a William Shakespeare en sus lenguajes vernáculos. Me río tanto con las viejas comedias de Cantinflas y Chespirito como con Jerry Lewis y los Tres Chiflados. Si me da la gana puedo oir a Joan Manuel Serrat o a Stevie Wonder. Soy bilingüe. No aprendo menos por hablar dos idiomas, sino todo lo contrario. Y si pudiera aprender otro idioma, lo haría.

Ahora que mis niños están tiernos, sé que es el momento. Por eso, en esta casa habrá un dictamen. Se hablará español, y se dejará el omnipresente inglés para cuando sea necesario.

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