
Los meses de lluvia que asaltan esta zona del trópico me transportan: a esas tardes de mayo en las que esperaba a que terminara la lección para salir corriendo a casa, despechugarme en cuanto llegaba y esperar al aguacero.
Salir, pies desnudos, pecho abierto, y sentir el estruendo de las nubes que se vaciaban. De esa agua distinta a la que venía por las tuberías. Agua con olor a bosque.
Los niños corríamos, dueños de las calles, mientras los adultos se escondían tras puertas y persianas cerradas -- cada vez más viejos, cada vez más serios, cada vez más miedosos.
Ibamos, incluso aquellos de nosotros que no se bañaban con frecuencia, tras los mejores caños. Teníamos guerras de lodo y volvíamos a ser de barro, antes de que la lluvia nos volviera a limpiar y dejar exhaustos. Cuando terminaba la tormenta éramos otros: empapados, friolentos; podría decirse, resacados.
Cada vez que llueve de manera torrencial miro hacia afuera, y añoro de buena manera esas tardes de libertad. Lamento que ahora espío la lluvia y, aún más, que los niños nos acompañan dentro de la casa.
Tras una semana de tormentas repetidas, de inundaciones, de tormentas y amenazas de tormenta, me propuse cambiar eso. Me vestí en ropa de baño y esperé.
Empezaron las alertas, que repetidas una tras la otra en nuestro radio meteorológico parecían avisos apocalípticos, y las nubes se asomaron en tonalidades de grises y azules oscuros, como la tarde. Empezó a llover en condados cercanos, pero no en éste, como si la lluvia, si la vida, me evadiera de una vez y para siempre. Rendido, vi cómo se gastaba la tarde.
Era casi noche cuando unas gotas se estrellaron contra la ventana de mi oficina. Miré desanimado; era muy poco. Pero a esa gota le siguió otra y otra y otra, hasta que la lluvia volvió a demostrar que lo infinito existe en lo grande y en lo pequeño: ya no se le podía contar.
Fui destripándome las falsas pieles camino al patio y llamé a los niños. Ellos reconocen ese tono de voz, raro en los adultos, que indica un ruptura de la normalidad. Me siguieron dispuestos y, quitándonos los calzados, corrimos sobre el pasto, jugando pelota para justificar el rato. La tarde era nuestra, aunque las gotas fueran frías y vacilantes. Estábamos expuestos al cielo y sus maravillas. Estábamos mojados, y vivos.
Los niños, y tal vez los poetas, entienden de estas cosas. Son de fácil risa; de fácil llanto. Lo sé porque me lo dijo el pequeño, sin contener la sonrisa: “Esto fue una locura. Hagámoslo otra vez”.
Fotografía: «Llover», cortesía de María Alejandra (marialegria).







